Sorprende que uno de los deseos del presidente López Obrador sea el de una tregua con los conservadores. Es deseable el ánimo de concordia, pero en el nombrar está el ánimo de descalificar. Si vamos al significado del adjetivo/sustantivo liberal, el actual gobierno tiene muchos más rasgos de lo opuesto. Liberal va de la mano de la tolerancia y en el caso mexicano, de distancia clara de la política de lo religioso y del espacio de la moral. Liberal también tiene expresiones de la economía y el marcado estatismo en curso asimila al presidente al conservadurismo.
De cualquier manera, es encomiable que el Presidente llame a un sentido de evitar la confrontación con sus críticos. La verdad es que así debería ser en lo sucesivo. No solo por el respeto que deben las autoridades al derecho a disentir, sino también porque es inevitable, una vez pasado el periodo de inicio, que cada vez sean más los mexicanos que no estén de acuerdo con sus gobernantes, incluso de personas que deriven de su propio proyecto político o ideológico.
Para un liberal, el disenso es lo normal. No para una persona que supone que todos deben pensar igual. Eso está bien para un argumento religioso o totalitario, pero no para un liberal. Por eso el liberalismo es la base natural de la democracia, la que entraña, necesariamente, la coexistencia de la diferencia. Ser diferente es la forma normal de lo social y de lo político. Ser diferentes no concede jerarquía o autoridad a uno o a otro, eso lo resuelve precariamente el voto; es precario porque la voluntad popular lo mismo valida en un determinado momento a uno que al competidor en otro. Por eso la alternancia es garantía de su vigencia.
La cuestión que importa es si el presidente López Obrador podrá sustraerse de la inercia propia del régimen político presidencial. Las virtudes del parlamentarismo es que hay diferencia entre jefe de gobierno y jefe de Estado. Además, el enfrentar cotidianamente a la oposición parlamentaria hace que el debate con el opositor enriquezca la tarea del gobierno. Lo que resiste apoya, frase afortunada de Jesús Reyes Heroles.
Por eso a todo Presidente le hace bien escuchar la crítica. Hacerlo con mente autoritaria como sucede con Donald Trump le hace ver que todas las noticias no favorables sean mentirosas "fakenews” o que sea aviesa la intención detrás de la crítica, una conspiración de los enemigos declarados o encubiertos de su proyecto.
La impaciencia con el disidente es propia del poder. No es que el gobernante esté equivocado y el analista en el acierto, en realidad no es una lucha sobre quién tenga la razón, sino el ejercicio de que no haya una última palabra, de que las cosas se vayan construyendo en la dialéctica de quien abra camino y de quien critique, de quien gobierne y de quien se oponga, de quien dirija y de quien a la distancia observe. La impaciencia se alivia con la tolerancia, con la convicción de que todos merecen respeto.
Tiene razón el Presidente que el objetivo final del quehacer público es la felicidad del gobernado. Sin embargo, este concepto es difuso y complejo. La felicidad solo adquiere valor en el marco de la dignidad, que es lo mismo que la libertad. Los beneficios sociales indiscriminados y no focalizados no generan felicidad. Lo que se requiere es que la maquinaria social genere justicia y oportunidades. Esto tiene que ver con la economía, con la generación de empleos y apertura de negocio no con el asistencialismo al que es tan proclive el actual gobierno.
Los buenos deseos de esta época, cualesquiera que sean, invariablemente enfrentan el embate del tiempo. Es bueno establecer propósitos positivos, pero mucho más lo es cuando uno compromete la voluntad más allá de la intención. Finalmente, de lo que se trata es el anhelo personal o colectivo de estar bien, vivir en armonía y tranquilidad en esa tarea compartida de que cada día se es más feliz porque cada vez se es mejor, uno y los demás.
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