De manera consistente desde el gobierno federal se ha pretendido minimizar la gravedad de la pandemia del covid-19. Así sucedió al inicio. A pesar de la experiencia trágica de otras naciones no se actuó de manera oportuna. El gobierno fue pasivo y el Presidente se ufanó de las fortalezas raciales, sociales y políticas de los mexicanos que hacían del país un caso excepcional, casi inmune a la amenaza. El regreso por la puerta falsa del México mágico.
El poderoso y amplio ascendiente del Presidente sobre la población hizo minimizar las precauciones; la geografía del contagio y de los decesos atiende esta variable.
Ciudad de México acumula 27 por ciento de los fallecidos; los gobernadores que actuaron ejemplarmente fueron cuestionados. El encargado de la estrategia gubernamental impidió que particulares y gobiernos locales importaran reactivos para pruebas de contagio a manera de proteger al personal médico y para la aplicación razonable de las medidas de emergencia.
El hombre de los otros datos debe encarar que México en pruebas está en lugar 53, un contraste con el sitio 10 de los países con más fallecidos y en los primeros tres o cuatro lugares en la contabilidad diaria de nuevos fallecimientos. El Presidente fue engañado por un muy hábil sujeto quien el 4 de mayo pronosticó 6 mil decesos a lo largo de la crisis sanitaria. La cifra ya se superó con creces.
Con base en el dicho del “científico” el Presidente pronosticó el pico de la crisis para la primera semana de mayo y después presumió que la curva se había “aplanado” ante el asombro de la comunidad médica. Nada de eso es cierto. México vive en estos días el momento más difícil y no se sabe cuándo empiece a ceder. En contraste, López-Gatell es el personaje del momento, con más aceptación que el Presidente.
La mentira en esta circunstancia es criminal. Son muchos los mexicanos que se han descuidado por la mala información. En lugar de reconvenir al Presidente por su mal ejemplo al inicio de la crisis, López-Gatell lo alentó con la patraña de la fuerza moral. Además, anunciar el regreso a la nueva normalidad cuando todavía no se presentaba el momento más crítico del contagio hizo que muchas personas relajaran las medidas preventivas. En algunos estados, gobernadores y alcaldes han actuado con firmeza, quizás con exceso, pero con claridad sobre la gravedad del problema.
A pesar de lo ominoso, las cifras oficiales no son confiables. Varios gobernadores se inconforman porque sus números son rasurados, siempre a la baja. También organizaciones independientes acreditan un descuido deliberado en las cifras de los decesos. El origen es la falta de pruebas. La decisión de no realizarlas hace pensar en un diseño para impedir que se conociera la dimensión del problema. En Ciudad de México, según Mexicanos Contra la Corrupción, hay tres veces más muertes de las reportadas, atendiendo a muestra en las actas de defunción.
El peor momento del país en las peores manos. El Presidente tiene en su entorno personas capaces para contener los excesos y rectificar los errores y las mentiras de López Gatell. Juan Ramón de la Fuente, entre otros, quien venturosamente ha superado el contagio, debió estar si no al frente, sí al lado del Presidente para evitar la frivolidad en la crisis, lo que ha costado vidas y que seguramente así continuará, no se sabe hasta cuándo.
Zopilotear es una de las expresiones favoritas del Presidente. Quizás eso inhiba el examen crítico de los números oprobiosos de los decesos y el desatino con el que se ha manejado el responsable gubernamental para la estrategia sanitaria. Urge poner orden. Solo lo puede hacer el Presidente, quien borró la palabra humildad de su diccionario. La razón es simple, su general de batalla hizo un pronóstico fallido con lamentables consecuencias para la salud y la vida de los mexicanos.
fberrueto@gmail.com · @berrueto