Política

Los efectos políticos de la Casa Gris


El escándalo de la Casa Gris es la turbulencia más fuerte que ha enfrentado el Presidente. Son tres semanas de agrio debate y polarización en el país. La oposición huele sangre. Huele debilidad en el Palacio. No obstante, no existe figura política que lo capitalice. Ricardo Anaya está fuera del país; la alianza opositora no tiene un rostro que seduzca a la opinión pública, y los gobernadores han decidido guardar silencio. El presidente demuestra desesperación, pero no hay un líder opositor que convierta los errores presidenciales en activos de cara a 2024. Lo que queda claro es que López Obrador lleva tres semanas perdiendo, aunque es menor claro quien se beneficia de la crisis presidencial.

No sabemos la magnitud del golpe, pero nadie puede negar que la popularidad del presidente comienza a flaquear. Consulta Mitofsky publica un tracking diario en El Economista y la aprobación del presidente ha caído ininterrumpidamente desde hace semanas. La tormenta perfecta para el presidente: al mes de enero con altísima inflación y debilidad económica, hay que sumarle los posibles conflictos interés y tráfico de influencias de su hijo. El Financiero ya le había quitado siete puntos de aprobación a AMLO durante enero. Este es el efecto más visible de la Casa Gris: el Presidente podría llegar a la elección constitucional de 2024 con una aprobación no tan alta.

Recordemos que la aprobación de AMLO se encuentra 30 puntos por encima de Morena como marca partidista. Mientras el presidente era aprobado con tasas cercanas al 70, Morena difícilmente alcanzaba una intención de voto de 40%. Un descenso en los números del presidente supone automáticamente una pérdida en la intención de voto para su partido. Si AMLO llega a 2024 con una aprobación menor al 50%, la victoria -casi cantada- del partido guinda se vuelve más improbable. Un elemento interesante es que la desaprobación a AMLO sube en la misma proporción que la caída en su popularidad. ¿Qué quiere decir? El efecto de la Casa Gris ha generado desencanto entre las bases mismas de simpatizantes de AMLO. Esto no había ocurrido en todo el sexenio (sólo unas breves semanas cuando comenzó la pandemia).

Y si Morena se mete en serios problemas con la caída de la aprobación de AMLO, qué decimos de la “delfín” del Presidente. A diferencia de Marcelo Ebrard, Claudia Sheinbaum se mueve al son de la popularidad presidencial. Sheinbaum no es una política con una trayectoria propia. Es producto de López Obrador y él la eligió por dedazo -simulado con encuesta- para gobernar la Ciudad de México. La debilidad de López Obrador es, en automático, la debilidad de Sheinbaum. Si López Obrador no encuentra la puerta de salida a la crisis, las posibilidades de Sheinbaum en el 24 menguan de forma considerable. En esta ecuación, Marcelo Ebrard -casi desahuciado políticamente- resucita.

Y es que lo que también han mostrado las encuestas es que México está mucho más polarizado hoy que el primero de diciembre de 2018. De acuerdo con datos del Financiero, los polos que más se han fortalecido en la opinión pública son “los que aprueban mucho” a AMLO y también “los que desaprueban mucho” la labor del presidente. Prácticamente el 50% de la población se encuentra en los extremos de la aprobación. Marcelo Ebrard es de los pocos políticos que pudiera romper la lógica de bloques. Si Sheinbaum es candidata no dudemos que pudiera tener un alto voto de castigo en las ciudades y abrirle la puerta a la oposición. AMLO prefiere a Claudia, pero no a costa de perder la elección.

La polarización está alcanzado a segmentos del periodismo. Vemos bandos. Quien está con Carlos Loret y quien no está con el periodista. Quien lo considera un prócer la libertad de expresión y quien lo considera un mercenario de la información. El presidente ha buscado distraer con sueldos, pero la batalla política es imposible de disimular. Y es que una diferencia entre este escándalo y los anteriores es que vemos un tête-à-tête. AMLO contra Loret. El presidente dejó atrás sus tradicionales eufemismos atacando a los “conservadores”, “la mafia del poder” o el “hampa mediática” para comenzar una guerra abierta contra un periodista con nombre y apellido. No es la labor de Loret, pero en la opinión pública, buena parte del segmento crítico de López Obrador comenzó a reconocer un rostro capaz de aglutinar el descontento frente al actual Gobierno. Vivimos en un mundo de comunicación en donde las personas y las imágenes valen mucho más que las instituciones y los partidos. La oposición necesita un candidato, necesita un rostro.

A corto plazo, Morena corre pocos riesgos en las elecciones estatales de este año. Quitando Aguascalientes y Durango, el resto son gubernaturas que seguramente caerán del lado de los morenistas. Sin embargo, las revelaciones sobre la Casa Gris golpean en los principales cimientos narrativos del Gobierno de AMLO: combate a la corrupción, austeridad y agenda energética. De la misma forma, la crisis ha sacado el instinto más autoritario que pervive al interior del oficialismo. Senadores firmando un desplegado en donde califican de traición a la patria a quien critique a AMLO. Gobernadores que respaldan al Presidente frente a una supuesta embestida. Morena se atrinchera y la facción más extremista del partido toma el control de la narrativa.

Es pronto para saber si la Casa Gris será el Waterloo de AMLO. Lo que sí resulta innegable es que es un antes y un después en el sexenio. La oposición tiene una oportunidad sí logra unidad estratégica de cara a 2024 y comienza a elegir perfiles que puedan ser competitivos. Mientras la oposición no lo haga, la desaprobación a AMLO crecerá, pero no habrá nadie que capitalice la crisis. Hasta hace unos días nadie negaba que Morena se llevaría con distancia el 2024. El golpe de la Casa Gris ha equilibrado fuerzas y demostrado que el Presidente no es esa figura intocable. Empieza un partido nuevo.

Enrique Toussaint

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