“La persona más importante a la que tengo que agradecer este premio es a mi niñera.
Con ella, mi hija está segura y cuidada, y me permite ir a hacer mi trabajo. Gracias, Sally”.
Estas fueron las palabras de Melanie Lynskey, en el 2022, después de haber sido galardonada como “mejor actriz de serie dramática” en los Critics Choice Awards.
Esa no fue la primera vez que escuché a una mujer que es madre y trabaja agradecer a la mujer que cuida de sus hijxs.
En una ocasión, después de esperar por 20 minutos a mi nueva psicóloga, me hizo pasar al consultorio mientras mencionaba “Una disculpa, no llegaba mi niñera… si supiera lo importante que es para mi trabajo”.
Y después de tres años, con una nueva psicóloga, viví el mismo episodio: entrar al consultorio después de esperar poco más de veinte minutos, y escuchar esa frase “Una disculpa, no llegaba la niñera.
A veces creo que no se da cuenta de lo importante que es en mi vida”.
Podría llenar varías páginas de historias de madres trabajadoras agradeciendo a otras mujeres su disponibilidad, tiempo y cariño que dedican a la crianza.
O la contra parte, que por falta de una “buena niñera” no pueden salir a trabajar tranquilas, ya que sus hijos e hijas están con alguna persona que no es de su entera confianza.
Sin embargo, lo que hoy quiero compartir es mi reflexión sobre “las cuidadoras”.
Lo que en su momento fue un discurso elogiado y aplaudido por la valentía de Melanie al visibilizar su privilegio y el trabajo de Sally, dejó sobre la mesa la crisis que muchas mujeres pasan ante la necesidad de dejar en buenas manos a sus infancias.
Y es aquí cuando me cuestiono, ¿dónde queda la figura paterna? Cuando escucho sobre la necesidad de buscar a alguien que cuide a los hijos e hijas, esto se traduce en una abuela, tía, hermana, prima e incluso vecinas.
En pocas ocasiones se le delega el cuidado al padre, y cuando este lo hace, se le considera una ayuda a la mujer y no el ejercicio de su paternidad, su derecho y obligación.
“A veces creo que no se da cuenta de lo importante que es en mi vida”, la frase me hace pensar que no son ellas, las cuidadoras, las que deben ser conscientes de la importancia de su trabajo, sino quienes disponen de sus servicios.
La labor de cuidadora es loable, lo que debe reflejarse en un trato y sueldo digno, porque al cuidar a las infancias de familias ajenas, también permiten el desarrollo y profesionalización de otras mujeres.