Que el Arzobispado de Guadalajara jugó a la ambigüedad: primero sale con un comunicado donde prácticamente deja solo al padre Lolo, acusándolo de “falta de prudencia” por su intervención en el caso de El Menchito, como si el error hubiera sido meterse donde no debía y no enfrentarse a un aparato criminal. Pero luego, ante los micrófonos, el cardenal Francisco Robles Ortega se desdice y asegura que no habrá suspensión, que el padre sigue diciendo misa con normalidad. ¿Entonces? ¿Lo reprenden en público, pero lo protegen en privado? Eso no es liderazgo, es querer quedar bien con Dios y con el diablo.
Que mientras Jalisco enfrenta un momento delicado tras lo ocurrido en Guadalajara, la dirigencia estatal de Morena decide optar por el silencio. Erika Pérez, presidenta del partido en el estado, canceló sus conferencias de los lunes sin mayor explicación. Justo cuando la militancia esperaba una postura firme, alguien que saliera a dar la cara y marcar rumbo, lo que encuentran es un vacío. No es la primera vez: el liderazgo se esconde cada que hay tormentas, es simplemente una silla vacía.
Que Guadalajara vivió un fin de semana de contrastes: mientras las familias paseaban y trataban de mantener la normalidad, el eco de las detonaciones y los sobrevuelos de helicópteros les recordaban que nada es normal. Una semana después de la caída del líder del CJNG, la ciudad amaneció con ponchallantas en López Mateos, operativos militares en San Andrés y el miedo instalado en cada semáforo. Ahí está en lo que pasa o no pasa. Los tapatíos necesitan sentirse protegidos y presencia de fuerzas de la policía o federales. ¿Así recibiremos a 4 millones de visitantes?
Que Ian Kalebh Zamora Ramos, un joven de Zapotlán, pasó de representar a México en una Olimpiada de Matemáticas a quedar atrapado en Madrid por la guerra en Medio Oriente. Junto a su padre, Juan Zamora Guerrero, se quedaron varados en España sin saber cómo regresar. El ayuntamiento de Zapotlán busca regresarlos a casa.