Política

1985: la memoria que transformó la sismología mexicana

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La historia sísmica de México tiene muchos episodios que han dejado huellas profundas, desde la época prehispánica hasta la actualidad, pero ninguna como aquella de aquel “jueves negro”, un día 19 de septiembre de 1985. A las 7:19 de la mañana, un sismo de magnitud 8.1, proveniente de las costas de Michoacán, sacudió violentamente no sólo diferentes poblados y ciudades, sino también la conciencia colectiva de todo un país.

En las calles de la ciudad, cual libreta, innumerables testimonios de vida se estaban escribiendo con tinta indeleble para recordarnos qué tan susceptible es la humanidad ante el embate de las fuerzas geológicas. La resiliencia de la población respondía a la tragedia con solidaridad, y ante el desastre, nos planteamos una mejor preparación para cuando vuelva a ocurrir otro sismo.

Aunque no hay una cifra concreta de pérdidas humanas y de infraestructura, desde el punto de vista científico este sismo nos dejó datos desconcertantes para la fecha: la intensidad del movimiento registrado en la zona epicentral fue casi idéntico al registrado en la zona centro de la Ciudad de México, a casi 350 km de distancia (aproximadamente 200 cm/s2). Este hecho nos llevó a entender que la respuesta sísmica del Valle de México se debía a su historia, al haber sido construida sobre las arcillas saturadas del antiguo Lago de Texcoco, las cuales atrapan y amplifican las ondas sísmicas en lo que se conoce como “efecto de sitio”.

Para esta fecha, la comunidad sismológica en México tenía muchas preguntas, y limitadas herramientas para enfrentar este hecho sin precedentes. La Red Nacional del Servicio Sismológico Nacional, operado por la UNAM, contaba con pocas estaciones analógicas, las cuales eran coordinadas vía telefónica desde la antigua estación sísmica de Tacubaya (la cual alberga hoy al Museo de Geofísica). Algunos de los sismogramas de las distintas estaciones del país estaban saturados e incompletos, por lo que la experiencia de los sismólogos expertos dio una primera estimación del epicentro después de cuatro horas. Sólo después de desplegar unas cuantas estaciones sísmicas cerca de la zona epicentral se pudo delimitar con precisión la localización del sismo tras 36 horas. 

Considerando esto, la comunidad sismológica se planteó un objetivo claro y urgente: fortalecer la capacidad de monitoreo y análisis, junto con la formación técnica de nuevas generaciones de sismólogas y sismólogos, para entender mejor cómo se generan los sismos, así como sus efectos a lo largo del país. 

Tras este trágico episodio, la Red Sísmica Nacional se fortaleció gracias a la búsqueda incansable de la comunidad científica, que con financiamiento gubernamental, permitió la adquisición e instalación de los primeros sismómetros de Banda Ancha para finales de los 80. Posteriormente, entre 1993 y 1994, se creó la Red Sísmica del Valle de México, con el propósito de registrar y estudiar la actividad sísmica generada en esta región.

Así mismo, otras notables contribuciones para mejorar la respuesta sísmica fueron la creación del Centro Nacional de Prevención de Desastres (Cenapred), y la consolidación del Sistema Nacional de Protección Civil, las cuales son instituciones esenciales para la prevención, atención y gestión de emergencias, sin dejar de lado las mejoras a los reglamentos de construcción para la edificación de infraestructura más segura y resistente. También, gracias al trabajo conjunto de académicos de la UNAM y la Fundación Javier Barros Sierra, se creó el Centro de Instrumentación y Registro Sísmico (Cires), cuyo objetivo visionario fue alertar con anticipación a la Ciudad de México ante la ocurrencia de sismos en la costa del Pacífico usando diversos sensores sísmicos, dando como resultado el Sistema de Alerta Sísmica Mexicano (Sasmex), el cual fue el primero del mundo.

Con todo este conocimiento adquirido y la infraestructura renovada, fuimos puesto a prueba nuevamente un 19 de septiembre, pero de 2017 y 2022, y a diferencia del terremoto de 1985, nuestra respuesta ya mostraba un cambio evidente: contábamos ya con mejores redes de monitoreo, mejor información disponible en tiempo real, y una comunidad científica más preparada. Gracias al trabajo conjunto de múltiples centros de investigación (UNAM, Cicese, etcétera), la sismología en México está aportando datos nuevos y relevantes que nos ayudan a comprender mejor el pulso de la Tierra bajo nuestros pies. 

A 41 años de aquella dolorosa lección, el SSN, junto con el Centro Alterno de Monitoreo, en Pachuca, cuenta con aproximadamente 100 estaciones sísmicas y geodésicas en todo el país operando de forma continua en tiempo real durante los 365 días del año. 

La memoria de 1985 no es cosa del pasado: es una advertencia, una lección y una responsabilidad. La ciencia no evita que la Tierra se mueva, pero sí nos permite comprenderla mejor, prepararnos con mayor conciencia y construir un futuro más seguro.


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Dr. Iván Granados Chavarría
  • Dr. Iván Granados Chavarría
  • Investigador del Departamento de Sismología Instituto de Geofísica, UNAM
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