Con apenas 15 años de edad, un joven perdió la vida en un enfrentamiento con militares en Michoacán. Presuntamente, figuraba como cabecilla de un grupo de sicarios, participaba en el reclutamiento de otros adolescentes y era escolta de un líder criminal. Todo eso antes de cumplir la mayoría de edad. ¿Es víctima o victimario? ¿Quién puede juzgarlo?
La filosofía marca tres preceptos para un juicio ético: intención, contexto y resultante.
La primera, la intención, por qué se actúa. ¿Voluntad o coerción?
Las fichas de desaparición de menores no cesan en las redes sociales. Unos han sido encontrados muertos tras un tiroteo, otros se han localizado luego de ser detenidos con armamento; y unos cuantos regresan a casa, con testimonios de haber estado privados de la libertad y obligados a trabajar para la delincuencia organizada. Tampoco se puede ignorar a quienes firman su ingreso a las filas del crimen sin que les tiemble la mano. ¿Cuál es la intención? ¿Dañar o sobrevivir?
Ahí entra el contexto. Es imposible no reproducir el discurso gastado del abandono institucional para responder, pero no se reduce a eso. También juegan el entorno familiar y social, la estructura económica y el acceso a la educación de la comunidad en la que crecen, la narcocultura y hasta su ingenuidad. Son niños y adolescentes que terminaron con un rifle colgado en el brazo. Unos por elección… otros no. Finalmente, el resultante. Las familias quedan enlutadas por homicidios y desapariciones. Las víctimas terminan en fosas clandestinas o privados de la libertad hasta quién sabe cuándo. Los pueblos y las ciudades permanece sumida en una violencia normalizada con resignación.
Entonces, ¿son víctimas o victimarios? Pueden ser ambos.
Son víctimas del caótico entramado de corrupción, violencia e indiferencia; y son victimarios que perpetúan ese mismo ciclo en el que está sumido el país, y del que no se han salvado las niñas, niños y adolescentes.
¿Quién se anima a hacer el juicio?