Ya no estoy para empezar el año con propósitos y mente positiva. Hacer una lista de los objetivos a cumplir en los siguientes 363 días no está entre mis pendientes. Si algo he aprendido es que a mí no sirve de nada.
Y no pretendo desestimar los intentos de los demás por enumerar sus metas 2026, a cada quien lo que le funcione, pero el año termina con más de una sin tachar en la hoja imaginaria, y estoy decidida romper con ese papel que se queda pegado en la memoria como un post-it con pendientes que está en la computadora y de todas maneras olvido hacer.
La realidad es que con los años se vuelve más difícil cumplir los propósitos que se dicen tan fácil en las primeras horas de enero. Alcanzarlos depende de una serie de factores: tiempo, dinero, energía, ánimo… todo cambiante, nada estable, menos cuando se atraviesan en el camino imprevistos de salud, trabajo, familia y un largo etcétera. Y cuando no se llega, entonces aparece la culpa, la autoflagelación por no esforzarse lo suficiente, la carga mental que se arrastra para la lista del próximo año, y el “ahora sí”. Un ciclo sin fin que me tiene cansada.
Cumplir los propósitos es una carrera de obstáculos que ya no quiero correr. Solo quiero caminar con calma, apreciar el paisaje, respirar profundo y seguir adelante. Andar sin prisa, sin imposiciones ni exigencias propias o ajenas. Sentir, aunque sea de vez en cuando, que el hoy me pertenece y hacer lo que quiera sin estar pendiente del calendario. Tranquila, paciente y en paz. Sin dar mayor explicación, sin cargar con el peso de las expectativas de otros. Dejarme ser, sentir y vivir.
Así que este año no lo comienzo con propósitos, solo con la voluntad de seguir adelante. Eso es un mundo. Cuidarme y cuidar a los míos; disfrutar los buenos días y aprender de los malos; agradecer cada momento, cada palabra y cada abrazo que me sostiene; recordar que nada es para siempre y que en la oscuridad se puede encontrar luz. Para mí, eso es más que suficiente. Todo lo demás, es lo de menos.