Ser tibio es fácil. Ni frío, ni caliente. Ni de un lado, ni del otro. La llave en el medio. Cómodo. Tranquilo. Cierra los ojos, deja que siga cayendo el agua, sin notar si se desborda o no. Hasta que se da cuenta, demasiado tarde, que aunque sea tibio, también se puede ahogar.
Justifica su tibieza con la bandera de ser apolítico, tolerante, respetuoso. Alejado de las controversias, las polémicas y los problemas que implican hablar o actuar. “Los extremos siempre son malos”, una frase muletilla disfrazada de argumento para deshacerse de la responsabilidad de expresar lo que se piensa y elegir entre un bando o el otro.
El tibio se queda en la conformidad de que da no pensar de más ni en los demás. Se refugia en la vida leve, entre meditación, inciensos y el desapego de lo social. Se encierra en su burbuja egocéntrica y hedonista.
Así anda, con las manos cubriendo cada lado para no ver nada que le cause malestar. Dudar, cuestionar, reclamar, exigir no son sus fortalezas. El tibio simplemente sigue su camino. Ensimismado. Individualista. Marcando su distancia de su entorno. Como si la única realidad es la de su visión limitada. Su tibieza es la terquedad de negar que forma parte de la colectividad, y mantenerse en el centro es, en sí mismo, también tomar partido.
Mejor no ver noticias, no leer Historia, ni escuchar debates. En su mundo no hay cabida para discusiones ni reflexiones, solamente la paz y la tranquilidad que le brinda el manto de la ignorancia.
El sistema autoritario y opresor se alimenta del tibio, que lo deja ser y crecer sin oposición. Le avienta libros de autoayuda como salvavidas en un mar de avaricia y represión; le hace creer que su bienestar depende de sí mismo y de nadie ni nada más; filosofía superficial para mantenerlo a flote, pero que lo aleje cada vez más de la tierra.
Así, el tibio se convierte en el aliado perfecto de dictaduras, violencia, corrupción e injusticias. Pasa de largo ante abusos de autoridad, se calla al escuchar discursos de odio, voltea la mirada para no estar de frente a las víctimas. Por el tibio se han vivido genocidios, censurado a opositores y encarcelado a inocentes. Ha enmarcado grandes tragedias, manteniéndose al margen de los conflictos que lo golpean, aunque se resista. Sin pensar que un día, esa misma tibieza, tan confortable, podría ser también su propia condena.