Esa mujer capaz, decidida, valiente y con ganas de sacar a sus hijos adelante es alguien a quien tengo presente e idolatro con todo mi ser, esa mujer que sin importar lo que fuera, siempre pensó en dar todo para que su hijo fuera clavadista. Sin ella presente en mi vida, no hubiera tenido el camino para poder llegar a ser deportista olímpico.
Ella forjó el hombre que soy ahora, ella me crió y me formó con tantos valores y educación que al momento de empezar mi camino rumbo pude formar ese carácter y tener esa actitud que tanto anhelaba ella y que tanto esperaba yo para seguir trazando una historia en el deporte de México.
Todavía recuerdo a ese niño de entre siete y diez años que no le gustaba ir a entrenar, pero que siempre escuchó esa voz externa de ese ser que, aunque fuera exigente, siempre me amó con toda su alma, ese ser al que le llamo mamá.
Recuerdo ese momento justo antes de acabar mi competencia que era selectivo a Juegos Olímpicos de Tokio 2020. Fue un momento de gloria, un momento en donde todos mis recuerdos del trabajo duro, de los golpes, de cada momento bueno y malo, de tanto trabajo de mi mama, se fueron, y solo grité y dije: ¡Lo hicimos! Y lo primero que hice fue hablarle a mi mamá y le dije: “¡Lo hicimos má! Ese fue uno de los mejores momentos de mi vida.
Ya en los Juegos Olímpicos de me sentí orgulloso porque sabía que era parte de ese mínimo % de la población mundial que es olímpica. El día de mi competencia fue emocionante porque empezamos a competir súper bien, constante y al momento de llegar un clavado vital, ¡lo fallé! Independientemente del fallo me sentí tranquilo y contento. Le hablé a mi mamá y me dijo “la siguiente es la buena” y esas palabras como siempre en mi vida, me dieron paz.
Después de Juegos Olímpicos de Tokio 2020 entré en una depresión que no sabía que existía, pero estaba ahí y solo a pocos deportistas les pasa, esa depresión se llama “y ahora que sigue”, cada día me hacia esa pregunta hasta que un día sentados en mi casa mi mamá y yo desayunando como siempre lo hacemos cada domingo, ella me pregunta: “¿estás listo para la siguiente ronda?” Y yo me quedé en calma con un silencio interno y le dije: “¡estamos listos para la segunda ronda má!” y así fue como después de Tokio ella y yo trazamos esa meta que sería y son, los Juegos Olímpicos de París 2024.
Gracias a mi mamá me he dado cuenta que significa el amor. Sin ella no estaría en donde estoy ahora, ya con un título universitario, con un cuarto lugar olímpico, ya con esa formación y ese carácter que forjé a lo largo de mi vida, ella es el pilar de mi vida.