En una clase, un profesor hizo una burla sutil sobre el acento de una alumna extranjera. Todos se rieron.
Ella también se rió y luego bajó la cabeza. Yo no dije nada. No fue por miedo, fue por costumbre.
Hay un segundo —que prefiero que pase lo más rápido posible— para señalar algo que te incomoda; después de ese instante, ya es muy difícil. Pero luego ese segundo me persigue.
Se me va volviendo muy pesado a lo largo del día porque me acompaña la pregunta recurrente, ¿por qué no dije nada?
Durante mucho tiempo creí que no hacer daño era suficiente. Que ser “buena persona” consistía en no insultar, no agredir, no atacar, etcétera.
No consideraba que el daño también prospera en la pasividad y qué no decir nada —cuando algo duele, cuando algo excluye— puede alimentar lo que creemos no aprobar.
¿Cómo señalar el daño sin lastimar y sin optar por el silencio?
Parece que la cultura del “vive y deja vivir” nos ha entrenado para no meternos. Para mirar hacia otro lado.
Para que la empatía no interrumpa la comodidad. Muchas veces así apunta la brújula de la conciencia individual y colectiva.
En medio de tanta polarización altisonante y “monstruos” ruidosos, también el usuario obediente y silencioso tiene un grado de responsabilidad.
Porque la indiferencia ante el sufrimiento del otro es una forma de destrucción espiritual.
El silencio no siempre es neutralidad, a veces es cooperación involuntaria con la injusticia.
Qué difícil es tratar de intervenir cuando algo te incomoda. A veces prefiero el silencio con tal de que la fiesta siga en “paz”.
Una vez que me decido hablar para nombrar lo que me incomoda, qué difícil es hacerlo sin superioridad, sin rabia, sino con cuidado. Nombrar lo que duele.
Preguntar si están bien. Sostener miradas incómodas. Ser testigo activo, no espectador tibio.
Las estructuras de poder más dañinas no necesitan grandes discursos, les basta con que nadie diga nada.
La homofobia en los chistes, el racismo en los gestos, el clasismo en los espacios que excluyen… todo eso se sostiene muchas veces porque la mayoría, simplemente, sigue adelante como si nada.
Intervenir no es exponerse sin medida ni convertirse en juez. Cada contexto requiere tacto.
Pero la ética no se practica sólo en lo privado y en silencio, aquí la mano derecha tiene que hacer saber a la mano izquierda el daño que está generando.
IG @davidperezglobal