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El bolsonarismo sin Bolsonaro

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  • Daniela Pacheco

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Brasil volvió a colocar a un Bolsonaro en el centro de su disputa política. Pero quizá el dato más importante de la primera vuelta no sea el apellido, sino todo lo que tuvo que ocurrir para que esto fuera posible. Jair Bolsonaro no estuvo en la boleta; fue condenado por el intento de golpe de Estado tras su derrota electoral de 2022 y está inhabilitado políticamente. Aun así, Flávio Bolsonaro, su hijo mayor, obtuvo 47,03% de los votos válidos frente a 45,16% de Lula, una diferencia cercana a 2,2 millones de votos. El Partido Liberal, además, alcanzó 28 de los 81 escaños del Senado.

El bolsonarismo ya no depende exclusivamente de Jair Bolsonaro. Tiene representación institucional, dirigentes, empresarios, iglesias, organizaciones y figuras digitales capaces de mantener vivo ese espacio político. Sería más cómodo pensar que millones de brasileñas y brasileños simplemente fueron engañados. Claro que existen las noticias falsas, la manipulación y los algoritmos que condicionan lo que vemos. Pero reducir a eso la persistencia del bolsonarismo dejaría fuera el antipetismo, su expansión institucional y su capacidad de reunir a sectores sociales que tienen intereses muy distintos.

Tampoco creció sobre un terreno neutral. Nunca ocurre. Antes de Bolsonaro hubo años de desgaste del PT, crisis política, lawfare y persecución contra la izquierda brasileña, en medio de una relación muy estrecha entre tribunales, fiscalías y grandes medios de comunicación. Lula fue encarcelado y quedó fuera de la elección de 2018. Años después, el Supremo Tribunal Federal anuló sus condenas y declaró la parcialidad de Sergio Moro, quien terminaría siendo premiado con el Ministerio de Justicia en el gobierno de Jair Bolsonaro.

¿Qué encuentran entonces millones de personas en el bolsonarismo? Parte de la respuesta está fuera de las elecciones. Hay incluso una paradoja: una parte del Brasil que hoy desafía al lulismo cambió durante los años en que ese mismo lulismo se consolidó. Los gobiernos de Lula y Dilma contribuyeron a sacar a millones de personas de la pobreza, elevaron ingresos, ampliaron derechos y abrieron nuevas posibilidades de consumo, crédito, educación y movilidad social. Esa transformación fue real. Pero una sociedad que mejora también cambia sus aspiraciones, sus demandas y la forma en que interpreta su lugar en el mundo.

El mundo del trabajo también cambió. En 2025 Brasil tenía 26,1 millones de trabajadores por cuenta propia, 13,8 millones de asalariados sin contrato formal y una tasa de informalidad de 38,1%. Una persona puede necesitar políticas públicas y al mismo tiempo querer depender menos del Estado. Puede saber que su familia vivió mejor durante los gobiernos del PT y no sentirse petista. Puede tener ingresos precarios y, aun así, verse como alguien que espera prosperar mediante su “propio esfuerzo”. Representar políticamente a esa sociedad es más difícil que representar al mundo del trabajo del que nació históricamente el PT.

Durante mucho tiempo las izquierdas latinoamericanas confiaron en que mejorar las condiciones materiales también ayudaría a consolidar adhesiones políticas. No era una idea absurda. La izquierda brasileña cambió la vida de millones, combatió el hambre y la pobreza, elevó salarios, amplió derechos y permitió que sectores históricamente excluidos imaginaran y vivieran un futuro distinto. Ese Brasil sigue existiendo y, no en vano, Lula acaba de recibir más de 53 millones de votos.

Pero entre una política pública y un voto están la familia, el barrio, la iglesia, los amigos, el trabajo, los miedos y las expectativas. Además, cuando la izquierda llega al gobierno aparece el riesgo de que el relato político se convierta poco a poco en comunicación de gestión, en cifras, programas, obras y resultados, mientras otros disputan todos los días el significado de lo que ocurre.

El bolsonarismo encontró un espacio ahí. Asocia la inseguridad con la falta de autoridad y de mano dura; la burocracia, el Estado “obeso” y los impuestos con obstáculos al esfuerzo individual y a la prosperidad; determinados cambios culturales con una amenaza a formas conocidas de vida; y la precariedad con la necesidad de recuperar autonomía. Aparecen una y otra vez palabras como orden, mérito, patria, libertad, nación, castigo y mano dura.

Ahí las plataformas digitales importan mucho. El bolsonarismo creció junto a un ecosistema donde las redes sociales permiten repetir una explicación cientos de veces al día sin pasar por partidos, sindicatos o medios tradicionales. Amplifican temores que ya existen como la violencia, pero también fabrican amenazas, exageran conflictos o convierten información falsa en una percepción política real. No es que un algoritmo transforme automáticamente a alguien en votante de extrema derecha, pero sí puede favorecer determinadas emociones, premiar ciertos contenidos y mantener algunos conflictos permanentemente. El miedo, el enojo, la confrontación y la indignación encuentran el entorno perfecto para circular.

Parlamentarios, dirigentes religiosos, influenciadores y activistas producen todos los días una interpretación de lo que ocurre, señalan responsables y trazan una frontera entre “nosotros” y “ellos”, los “buenos” y los “malos”. No esperan al periodo electoral. Cuando empieza una campaña, muchas de esas conversaciones llevan años ocurriendo.

Responder a eso diciendo que la sociedad simplemente se volvió menos inteligente no es nada útil. Un empresario, un trabajador informal, un evangélico, alguien asustado por la violencia o una persona que lleva años rechazando al PT pueden terminar votando igual por razones completamente diferentes. El bolsonarismo ha conseguido ofrecerles algunos códigos compartidos y, sobre todo, enemigos comunes.

La religión también ocupa un lugar importante en todo esto. En 2022, más de 47 millones de brasileños mayores de diez años se identificaban como evangélicos. Pero para entender su peso político hay que mirar lo que significan las iglesias en la vida cotidiana de millones de personas: comunidad, ayuda, vínculos, reconocimiento, empleo, escuelas y respuestas frente a problemas concretos. Mientras partidos, sindicatos y otras formas tradicionales de organización tienen menos presencia en algunos sectores, muchas iglesias y comunidades digitales están ahí todos los días. Una campaña de unas cuantas semanas llega tarde a una conversación que lleva años.

La percepción económica también pesó. Brasil cerró 2025 con un desempleo promedio de 5,6% y mejoras en los ingresos reales. Sin embargo, esos avances no se tradujeron de la misma manera en la percepción de los hogares. El precio de los alimentos, el endeudamiento y los altos intereses siguieron pesando en la vida cotidiana, y casi la mitad de las y los brasileños decía, poco antes de la elección, que la economía había empeorado durante el último año.

Ahora bien, no todo el apoyo al bolsonarismo nace del miedo, la precariedad o la desinformación. Distintos académicos han caracterizado al movimiento como neofascista y, aun así, hay élites económicas y políticas dispuestas a relativizar sus rasgos autoritarios porque protege mejor sus intereses y defiende sus privilegios.

Para las izquierdas latinoamericanas, el desafío tampoco se resuelve aprendiendo a comunicar mejor. Hace falta reconstruir poder social, recuperar vínculos con sectores que cambiaron, volver a tener presencia en los nuevos mundos del trabajo, formar nuevos liderazgos y reunir a trabajadores formales e informales, sectores populares, clases medias y nuevas generaciones. El relato importa, claro, pero no se sostiene solo con palabras.

La derecha brasileña no hizo ningún trabajo territorial excepcional, pero logró conectar redes religiosas, plataformas digitales, liderazgos políticos, intereses económicos y malestares sociales que existen mucho más allá de una campaña. Lo hizo, además, en un terreno previamente marcado por el antipetismo, el lawfare, el poder mediático y años de desgaste de la izquierda.

Brasil demostró que es posible sacar a millones del hambre, ampliar derechos, elevar salarios y abrir oportunidades antes reservadas para unos pocos. Nada está ganado para siempre. Tampoco está perdido. Haber cambiado la vida de millones no alcanza para seguir representándolos, pero haberlo hecho una vez demuestra que puede volver a hacerse. La tarea ahora es volver a conectar esas transformaciones con una sociedad distinta, organizarla y ofrecerle un futuro en el que vuelva a sentirse identificada.


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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