Política

La renuncia, como final de película

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Hay una escena que se repite en la “Función” política mexicana con la puntualidad de un ritual: el funcionario aparece en pantalla, lee un comunicado de tres párrafos, agradece al jefe, desea éxito al sucesor y desaparece.

La cámara, como si fuera cine del bueno, hace un paneo al asiento vacío.

Alguien entra, se sienta, acomoda la silla. Y la película sigue como si nada hubiera pasado.

El público, en la butaca, todavía tiene la pregunta atorada en la garganta: ¿y lo que hizo? ¿Y lo que no hizo? ¿Y las marchas, y el agua, y los contratos, y los hijos en París, y el chofer con sueldo de gerente?

Nadie contesta. La función continúa.

Esa es la coreografía que vivimos en México y Jalisco este fin de semana. Guadalupe Taddei sale del INE con un comunicado que se borra y se vuelve a subir, como si el instituto estuviera ensayando el arte del borrón y cuenta nueva. Salvador Zamora sale de la Secretaría General de Gobierno de Jalisco con un tuit de agradecimiento y la promesa de "más detalles" que no llegan. Los dos se van. Los dos dejan el cargo ocupado antes de que el polvo se asiente: Blanca Cruz toma la presidencia interina del INE y anuncia que revisará los nombramientos de su antecesora ; Carlos Arias Madrid llega a la Secretaría General con el expediente limpio y la sonrisa de quien no estuvo en la foto del gas lacrimógeno.

Y el expediente, ese que debería contener las preguntas, se archiva. Como si fuera cementerio de los escándalos: ahí van a dar los contratos de quinientos millones, las marchas del 11 de octubre, los detenidos, el agua turbia, los nombres de los allegados que hoy están en el expediente y mañana en el olvido. Pero ese archivo no juzga. Solo guarda. Y en México, guardar es la forma más elegante de enterrar.

El público, mientras tanto, sigue en la sala viendo su “función”. Pagó el boleto con su voto en 2024 o con su marcha en octubre, y ahora mira la pantalla esperando que en algún momento alguien regrese a dar la cara. Pero la película no funciona así. En el cine de la renuncia, el que se va no vuelve. El que se queda es el que no estaba. Y el que pregunta —el ciudadano que vota o el vecino de la colonia donde el agua huele mal — se queda hablando solo frente a una pantalla que ya cambió de escena.

La secuela, por supuesto, ya está anunciada. Se llama 2027. Tendrá nuevo elenco, nuevos carteles, nuevos comunicados de tres párrafos. Y en algún momento de la trama, otro funcionario aparecerá en pantalla, leerá su renuncia, agradecerá al jefe, deseará éxito al sucesor. La cámara hará el paneo al asiento vacío. Alguien entrará, se sentará, acomodará la silla.

Y el público, otra vez, se quedará con la pregunta atorada: ¿esta escena ya la vimos o es la misma película mexicana repetida, una y otra vez?


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Daniela Nuño
  • Daniela Nuño
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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