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Jueves , 25.04.2019 / 00:04 Hoy

Sobre la mesa

¿Se necesita un panóptico?

Daniel González Romero

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La pregunta que forma el título de este trabajo, parte de una serie de anotaciones que plantea José Miguel Cortes en su libro La Ciudad Cautiva. En este trata de manera diversa y a través de ejemplos y de expresiones artísticas, los problemas de la violencia urbana en las ciudades modernas-metropolitanas. Su contenido nos encuentra, ahora en el tiempo, en medio de un extendido contexto de hechos que atentan la estabilidad cotidiana de la vida de familias, personas y sus bienes. Nos lleva, frente a la violencia, a preguntarnos hacia dónde va la proliferación de medidas, cámaras y solicitudes de vigilancia, en respuesta a la constante incertidumbre, ante un obscuro proceso de hechos que amenazan cada día en convertirse en una paranoia social. Lo cierto es, sin duda, que se trata de un asunto de máxima atención para autoridades de todo nivel.

Las ciudades, si bien a lo largo la historia han construido formas y lineamientos (límites, murallas, almenares, puestos y emplazamientos militares), para salvaguardar su orden y dar seguridad a sus habitantes, las urbes contemporáneas han rebasado en su complejidad las normas de convivencia pacífica, en el marco especulativo de poderes económicos dominantes, lo mismo la capacidad de los gobiernos para responder a los retos de la seguridad de los habitantes. Este fenómeno se ha convertido en el ejercicio cotidiano del doble papel de vigilar y ser vigilado. De practicar la reflexión diaria de encomendarse. Ya no se trata solo de instalar más cámaras, rondines policiacos, programas de prevención, exámenes de confianza y declaraciones placebos. Las calles, las carreteras, las viviendas, el espacio público, lo mismo que el transporte de pasajeros (público y privado), el territorio extenso, todo, regiones y fronteras, son hoy parque de recreo de grupos delincuenciales.

La frontera del mantenimiento del orden público se ha vuelto cada día más tenue o dispersa. Los espacios y lugares se han vuelto escenarios amenazantes, lo cual nos ha llevado a un bucle sin fin (cortes), que se convierte en demanda de medidas de vigilancia y “prevención”; esto último difícil de entender como punto de partida pues en la sede de los vigilantes y jueces en ocasiones se encuentra el surco. Si las medidas disciplinares que establece el orden social acordado no funcionan ¿el panóptico, germen arquitectónico de los edificios de régimen carcelario es el destino de lo urbano y la ciudad? Basta pensar cómo un centro comercial es un recinto cerrado, controlado, vigilado, con cámaras ocultas, lugar que supone orden y seguridad, para entender cómo ha evolucionado el estar en el espacio de concurrencia de comunidades. Los sucesos violentos y delictivos que a diario -ya no nos sorprenden- nos relatan en noticias, o en directo se viven, son comúnmente respondidos con llevar a cabo medidas que no resuelven su origen. Uno de estos es, si quiere entender, la planeación de las ciudades basada en el proyecto de acumulación y especulación que genera pobreza y desigualdad, esquema que solo beneficia a los que son capaces de comprar seguridad particularizada. Aunque bien observado el proceso, las preguntas se multiplican y regresan a un horizonte nada simple ¿se necesita un panóptico? ¿O hay otras opciones?

dgonzaler@gmail.com

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