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Martes , 23.04.2019 / 16:04 Hoy

Sobre la mesa

Entre el paraíso y el desengaño

Daniel González Romero

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Por fin, luego de unas largas y amargas décadas de haber ignorado nuestra realidad, de haber dado la espalda a lo que somos como sociedad y cultura, de haber perseguido un proyecto ajeno, que solo concernía a un sector privilegiado que se soñaba vivir en los placeres y delicias del modelo de vida traducido a escala subdesarrollada del way of life; ese que se prometió para llegar al paraíso democrático y alcanzar la justicia y mejores condiciones de existencia para todos en México; ese que desde la presidencia de Carlos Salinas de Gortari se insertó en el espejismo del modelo neoliberal (¿culpa de la globalización? atravesado por el asesinato de Luis Donaldo Colosio); ese el que luego quienes compartieron el poder desde el modelo económico impuesto, que durante la presidencia de Ernesto Zedillo, Vicente Fox, Felipe Calderón y ahora Enrique Peña, creyeron, como el iniciador, que el país estaba a disposición de sus deseos e intereses, que servía para rentarse o ponerse a la venta de cualquier postor; esa realidad es la que hoy un individuo cuya orientación intelectual se acerca a las peores concepciones ideológicas del pasado, esquizoide, bipolar, xenófobo, descendientes de migrantes, que ha conseguido en tiempos de crisis mundial, de descredito de gobiernos y políticos, sentarse en la Casa Blanca en Washington como Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, a causa de un sistema electoral al que por fina le han aparecido los agujeros, nos pone de frente al desengaño y a lo que nunca debimos olvidar; que nacimos en un tiempo colonial que no ha pasado del todo.

Ese país llamado México, que fue llevado a alejarse de su particularidad y distinción cultural e histórica latinoamericana para contemplar su imagen en el espejo ajeno; a convertirse en una copia territorial vista desde un penthouse de Polanco, Las Lomas o Santa Fe, enfrenta ahora esa nuestra realidad (en la que también cabe la culpa de casi todos), en la que la corrupción y la impunidad son un encuentro cotidiano y en el que ante la amenaza de erigir muros parece olvidar el fondo y origen sus desdichas; esa realidad del gasolinazo cuyo extremo deja de conectarse con el Sindicato de Pemex y su líder y amigos vinculados; esa realidad de las desigualdades y la creciente pobreza que abarca a la mitad de los 120 millones de sus habitantes; esa en la que los “representantes del pueblo” sentados en el Congreso de la Unión o los que están en la Suprema Corte de Justicia (sic), en Gobiernos y Municipios, el de los que dictaminan los “salarios mínimos”, la alta burocracia, los especuladores privados, los de Televisa y TV azteca; esa de los Partidos Políticos que se representan a si mismos y los intereses de sus fracciones (siempre en pugna interna en público o tras telones), lugares donde hoy muchos se rompen las vestiduras y se vuelven nacionalistas y defensores de la patria como no lo hicieron en el pasado. El reto de cambio esta allí, ahora.

Ese panorama es al que hay que pasar revista. No dejar pasar el hecho de cuando el tal señor Trump, con sus veleidades y ofensas, sus gratuitas querellas, sus limitaciones éticas, nos instiga para no olvidar que la verdadera América nace en nuestra frontera norte y se extiende hasta la Patagonia; que un mundo verdaderamente civilizado en la pluralidad racial y cultural nos convoca y recibe. Que somos ciudadanos con derechos.

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