“De la tierra nacen todos los seres, por la tierra viven y a la tierra regresan”
Atharva Veda
Cuando Krishna le dice a Arjuna que ya puede gobernar la tierra, Arjuna formula una última pregunta, sencilla y brutal:
—¿Dónde podré verte cuando quiera?
Krishna no habla de templos ni de poder. Responde con una ética:
—En quienes no pueden ver, soy la visión.
En quienes no pueden oír, soy el escuchar.
Donde alguien no tenga voz y tú decidas escuchar.
Donde algo sea frágil y tú elijas cuidar.
Ahí estaré.
No es una escena mística. Es una advertencia.
Lo verdaderamente importante no habita donde hay fuerza, sino donde hay fragilidad. Donde alguien —o algo— necesita ser visto, escuchado, defendido.
Otra tradición lo dijo con la misma claridad: “El que tenga oídos para oír, que oiga”. No se trata de la capacidad física de escuchar, sino de la disposición moral para comprender y hacerse responsable. Ahí empieza todo.
Porque si lo esencial se manifiesta en lo que no tiene voz, entonces hay una presencia que hoy hemos dejado sola: la Madre Tierra.
No la abandonamos de golpe. Primero fue la prisa. Luego la comodidad. Después la idea —muy moderna— de que el progreso siempre justifica el daño. La convertimos en cifra, en terreno, en oportunidad. Dejamos de verla como casa y empezamos a tratarla como bodega. Tomamos sin devolver. Usamos sin cuidar. Crecimos sin medir consecuencias.
Cuando llegaron los incendios, las sequías y las inundaciones, fingimos sorpresa, como si la tierra se hubiera vuelto impredecible y no estuviera reaccionando a años de indiferencia acumulada. La crisis ambiental no es técnica. Es moral. No es falta de información. Es falta de conciencia.
Naomi Klein lo dice con crudeza: el cambio climático no es solo una crisis ambiental; es una crisis de imaginación, de política y de cultura. Elizabeth Kolbert documenta algo aún más duro: estamos provocando una extinción masiva, no por ignorancia, sino por inercia. Sabemos lo que ocurre y, aun así, seguimos.
Hoy hablamos —con razón— de derechos, de justicia y de inclusión, pero la naturaleza no tiene voz. No protesta. No vota. No marcha. Solo resiste… hasta que ya no puede. Ese “¿y yo?” silencioso no es reclamo: es advertencia.
El fondo es siempre el mismo: ejercer poder sobre quien no puede defenderse y llamarlo progreso, tradición o derecho. Y eso, en cualquier mundo —humano o no—, sigue teniendo el mismo nombre.
Aquí entra la educación. Porque una educación que no enseña a cuidar la vida no es educación: es capacitación. El futuro no necesita solo gente capaz; necesita gente responsable. Educar hoy implica defender lo vulnerable y entender que no hay éxito personal posible en un mundo que se está rompiendo.
Tal vez un día la Tierra deje de pedir y de resistir. Entonces no habrá culpables a quienes señalar, solo hijos preguntando por qué nadie cuidó la casa donde aprendieron a caminar.
Como el grito final de Julio César, hoy la pregunta resuena con la misma crudeza:
¿Et tu, homo sapiens?