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“…pero es nuestro hijo de perra”

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  • César Romero

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Se trata, quizás, de la frase que mejor ilustra la peor cara del imperialismo yanqui. Su autor, Franklin D. Roosevelt, presidente estadounidense, la habría dicho sobre Anastasio Somoza García, gobernante de Nicaragua. Era 1938 y en el tablero internacional se acomodaban las últimas piezas rumbo a la Segunda Guerra Mundial.

"He may be a son of a bitch, but he's our son of a bitch". Con un pragmatismo a la altura del Presidente 47 de Estados Unidos (el actual), FDR --el “progresista” del New Deal--, simplemente hacía eco de otra joyita de su antecesor y primo lejano, Theodore Roosevelt; aquello de: "speak softly and carry a big stick".

Hoy que los vientos bélicos vuelven al sentirse alrededor del mundo y mientras Trump juega a dibujar mapas falsos y abiertamente intenta comprar las próximas elecciones de su país, me parece un buen momento para revisar un caso que de alguna manera marcó a quienes hace medio siglo descubrimos el mundo: Nicaragua.

Comienzo por el principio. César Augusto Sandino, entre 1927 y 1933 encabezó una revuelta nacionalista contra la intervención militar estadounidense en su país. Nunca conquistó el poder y un año después fue asesinado.

Tacho Somoza García, el citado “hijo de perra”, gobernó Nicaragua durante 31 años; desde 1936 hasta su asesinato en 1956. Su hijo, “Tachito” Somoza Debayle controló, de facto o de jure, el país entre 1967 y 1979, cuando “los sandinistas” lo echaron del país.

Daniel Ortega, figura principal del Frente Sandinista de Liberación Nacional, hace cinco décadas enamoró a millones de jóvenes latinoamericanos y es la cabeza de uno de los régimen dictatoriales más longevos del planeta. Su permanencia en el poder ya casi alcanza a la de los dos Somozas, sumados.

Sin mayor influencia ideológica que las lecturas de Rius y de algún periódico del D.F. la Revolución Sandinista me atrapó estudiando el tercer año de Secundaria. Me recuerdo recortando con cuidado las notas sobre los avances de las fuerzas rebeldes que liberarían al pequeño país centroamericano.

Pocos años después, ya como reportero, tuve la oportunidad de conocer a algunos de los heroicos corresponsales mexicanos que habían participado en la cobertura de la insurgencia sandinista y, luego, narraron la feroz resistencia popular ante la cloaca de corrupción y mentiras que fue el asunto aquel de los Contras y los infames enjuagues de Reagan en Irán.

Vagamente, pero atesoro algunas anécdotas que circulaban en la redacción sobre el nivel de “compromiso” de algunos “colegas” con aquella revolución social, uno de los últimos grandes momentos de la “Guerra Fría”.

Pero como con Cuba --¡ay Cuba!—y tantas cosas de la vida, el tiempo siempre llega a cobrar facturas. Mantengo en la memoria el profundo sentimiento de frustración que se podía leer en una extraordinaria crónica periodística del 26 de febrero de 1990, un día después de que los sandinistas perdieron las elecciones ante Violeta Barrios, la primera presidenta “con A” del continente.

Después llegaría la realidad. Creo que siempre recordaré la impecable casaca verde olivo que vestía Daniel Ortega la primer vez que pude estrecharle la mano. Era de seda.

Claro que como su maestro Fidel Castro, quien ni ante el colapso soviético se rindió, Ortega aprendió su lección por haber jugado a la democracia y luego de 7 años regresó a la presidencia. Y ahí sigue. Quizás con una piel mucho más gruesa para no hacer suyas las penas de su pueblo o la frustración de sus antiguos compañeros de lucha.

En el mejor de los casos ignorado por quienes, desde las izquierdas tuvieron algún tipo de simpatía por su causa, lo imagino en la soledad de su alcoba –gobierna junto con su esposa y vicepresidenta--, intentando encontrar algún tipo de consuelo en su cercanía con los ayatolas iranies y el neo zar ruso.

Seguramente podrá presumir que él no es, nunca lo fue, un “hijo de perra” del imperialismo yanqui…

En esa misma línea, otra gema histórica: Fidel Castro pronunció en 1953 su celebre alegato de autodefensa contra la dictadura de Fulgencia Batista –quien permaneció 11 años en el poder mientras que lo de Fidel –contando hermano y nietos-- va para 8 décadas. “La Historia me absolverá”, eso dijo.

Ni de loco me asumiría como la voz de “La Historia” o de “El Pueblo”, por lo cual no sé si Fidel, como figura histórica, terminará en el cielo o en el infierno. Pero sí me atrevo a cerrar así esta reflexión:

Al menos en nuestro continente, sin las diferentes versiones de imperialismo rapaz y cínico que hemos conocido, difícilmente habríamos engendrado los movimientos revolucionarios que hemos parido y, por ende, tampoco el tamaño de caudillos y “paladines de la independencia” y la “soberanía nacional” que nos han tocado. Tales para cuales.


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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