De que fue un triunfador, no haya duda. Aunque quizás pertenezca a la lista de los "triunfadores" más retorcidos y ególatras de la historia.
Si me atrevo a ignorar la sabiduría popular de "nunca hablar mal de un difunto" es por la lectura fresca de la maravillosa biografía que le escribió Walter Isaacson (2005, Simon & Schuster, 896 páginas) y, eso sí, "con todo respeto".
Me quedo con la imagen de aquel chamaquito de pelo chino, chaparrito y regordete que, recién escapado de la Alemania nazi, caminaba por el barrio de Brooklyn cuando se topó de frente con una pandilla de vaguitos. Pensó: "ahora estoy en América" y venciendo en ese instante sus miedos, no se bajó de la banqueta y cruzó entre ellos, alzando el cuello y mirando hacia adelante.
Sobre Heinz --que luego cambió por "Henry"-- el ambicioso estudiante obsesionado por pertenecer a su nuevo país, el arrogante académico atrapado casi siempre en las más banales disputas propias de las "grandes mentes", el temible burócrata enfrascado en las peores intrigas, oficina o el perverso encantador de serpientes (casi siempre con forma de periodistas e intelectuales), o el descarado mentiroso que, por pura vanidad, creaba elucubradas operaciones secretas para engañar y/o traicionar sobre todo a sus propios colegas y, luego, a políticos alrededor del mundo; sobre ese personaje, preferiría poderlo olvidar.
Intelectual y negociante del más alto nivel. Asociado, por conveniencia y quizá convicción, a las derechas más retrógradas y autoritarias de su tiempo, el doctor Kissinger fue mucho más que el gran maestro de la realpolitik y eterno admirador de Otto von Bismarck y el gran resplandor de la Alemania del siglo XIX. Enamorado eterno de los poderosos, Kissinger fue, por encima de todo, el brazo derecho del presidente Richard Nixon.
La apertura del mundo occidental a la China de Mao Zedong; los acuerdos de desarme nuclear con la URSS de Leonidas Breznev; los pactos de paz entre árabes y palestinos; las infamias cometidas en Camboya; el fin de la Guerra de Vietnam, ciertamente fueron grandes acontecimientos del siglo XX, pero para Nixon-Kissinger, dos de sus protagonistas, todos eso formó parte de un soterrado y, digámoslo así, perverso juego de poder y egolatría.
Maestro de la intriga, Kissinger construyó su enorme influencia dentro de la Administración Nixon conspirando y saboteando a niveles del absurdo al propio Secretario de Estado, William Pierce Rogers, a través de brutales guerras intestinas con Alexander Haig y, sobre todo con su propio jefe, el presidente de Estados Unidos.
Es una verdadera pena conocer el registro preciso de las múltiples ocasiones en que, totalmente borracho, el presidente le llamaba para gritarle, darle ordenes delirantes e, incluso, proferir los peores insultos contra los judíos, mientras su fiel y brillante consejero simplemente agachaba la cabeza, marrullando algún tipo de aceptación.
Kissinger lo hizo todo por el poder. Incluso, sus reiteradas maniobras criminales en contra de Salvador Allende en Chile.
El doctor Kissinger vivió 100 años y, obvio, el relato de Isaacson se queda corto. Alcanza, sí, a narrar su saltó por encima del estiércol de Watergate y su transición del poder político al mundo de la farándula a sus grandes negocios como "consultor internacional". También su gusto por el futbol, las mujeres más espectaculares --"el poder es el afrodisiaco supremo", decía- y, sobre todo, su propia celebridad.