Si de sistemas políticos de compleja lectura hablamos, Colombia siempre reclama un lugar privilegiado. No solo porque allí las etiquetas duran poco y las coaliciones cambian rápido, sino también porque su política parece desplazarse en diferentes dimensiones al mismo tiempo: paz, guerra, aparato oficial, descontento, calle, regiones y, cada vez más, pantallas. Por eso, a diferencia de lo que se creía hace algunos días, las elecciones celebradas ayer 8 de marzo no ordenaron del todo la carrera presidencial, y en cambio, cristalizaron algo más interesante: reconfiguraron el tablero hacia la primera vuelta del 31 de mayo, dejando a la vista un escenario abierto.
Dicho esto, existe una lectura que ha venido ganando fuerza en buena parte de América Latina: en tiempos de descontento, la derecha tradicional ya no alcanza; o se radicaliza, o desaparece. En este sentido, Colombia parecía encaminada a confirmar la hipótesis con el ascenso de una oposición más estridente, más personalista y más cómoda en el terreno de la confrontación permanente. Sin embargo, lo que dejaron las consultas interpartidistas de este domingo obliga a matizar esa idea. A diferencia de otros países de la región, donde las viejas derechas fueron absorbidas por outsiders, cruzadas anti políticas o liderazgos de tono mesiánico, en Colombia la derecha tradicional demostró que todavía respira, organiza, moviliza y compite.
El dato más contundente de la jornada fue el triunfo de Paloma Valencia en el bloque de centroderecha. No solo por la magnitud de su victoria, sino por lo que significa. Su candidatura, apadrinada por Álvaro Uribe, logró convertir al uribismo -que venía de un ciclo de desgaste, derrotas y pérdida de iniciativa- en un actor nuevamente central de la disputa presidencial. Lo que hace apenas algunas semanas parecía una fuerza en retroceso, incapaz de ordenar a la oposición, encontró ayer una demostración de músculo.
Esto, sin duda, altera la narrativa que dominaba la campaña. Hasta antes de la votación, la oposición al gobierno de Gustavo Petro parecía tener un rostro más nítido en la figura de Abelardo de la Espriella, cuya construcción política descansa en una retórica de choque frontal, indignación permanente y anti izquierdismo sin matices, más simple: otro radical. Su crecimiento parecía confirmar, otra vez, la escena regional: frente al desgaste de los oficialismos progresistas, quien capitaliza el malestar es la derecha más dura. Pero la irrupción de Valencia complica ese libreto. Porque ella no encarna exactamente lo mismo. Representa una derecha con partido, con estructura, con redes territoriales, con memoria de gobierno y con una estética menos rupturista que restauradora.
Ese punto no es menor. Lo que sugiere Colombia es que, incluso en un contexto de polarización, las maquinarias tradicionales todavía pueden resultar competitivas. Valencia parece haber conectado con una parte del electorado opositor que rechaza al petrismo, pero que no necesariamente quiere entregarse a una versión maximalista o histriónica de la derecha. Hay ahí una franja decisiva: votantes urbanos, cansados de la incertidumbre, desconfiados del Gobierno, pero también reacios a la demencia en política.
Eso explica por qué la elección de ayer reorganiza nombres, pero también estrategias. La pregunta, más interesante, es qué tipo de oposición puede representar con más eficacia a quienes quieren un cambio de rumbo sin saltar al vacío. En esa disputa, la derecha colombiana deberá resolver primero su propia interna simbólica: si el camino más rentable es el del radicalismo el de una restauración conservadora con modales institucionales.
Mientras tanto, el progresismo llega a la primera vuelta en una situación menos frágil de la que muchos anticiparon. Los terribles resultados de Roy Barreras terminaron por consolidar a Iván Cepeda como un líder claro, y con una cohesión mayor a la esperada, aunque eso no signifique fortaleza sin límites. Cepeda lidera, sí, pero lo hace en un país donde el desgaste del Gobierno pesa, donde la polarización sigue ordenando adhesiones y rechazos. En otras palabras más simples: la izquierda colombiana no llega a sus presidenciales tan cómoda como sí lo hizo la izquierda de México en 2024.
En el centro, en cambio, el panorama vuelve a ser el de la intemperie. La baja participación en ese espacio reactiva una pregunta que se repite elección tras elección: si existe, de verdad, un electorado de centro con volumen suficiente para sostener una opción propia, o si ese segmento termina inclinándose, tarde o temprano, por alguno de los polos en disputa. Sergio Fajardo vuelve a encarnar ese dilema. Lleva años intentando construir una vía intermedia en un ecosistema político que castiga la ambigüedad y premia las identidades más nítidas. La dificultad del centro no es solo electoral; es también narrativa. En estos tiempos, la moderación suele parecer insuficiente, incluso cuando podría ser razonable.
La elección de ayer, entonces, no cerró nada. Abrió. Representa la apertura de la competencia dentro de la oposición, reanimó al uribismo, confirmó que el progresismo sigue en pie y que la opción es Ivan Cepeda y volvió a mostrar la fragilidad del centro. Pero, sobre todo, dejó una señal regional relevante: en Colombia, a diferencia de otros países latinoamericanos, la derecha tradicional, todavía no ha muerto.
A menos de tres meses del 31 de mayo, Colombia entra en una campaña distinta a la de la semana pasada. Ya no parece tan claro que la elección vaya a resolverse como un duelo simple entre dos extremos. Y esa es, quizás, la noticia más importante. La pregunta, ahora, es si la supervivencia de la derecha tradicional alcanzará para una segunda vuelta o si solo servirá para volver más incierta la disputa por el poder.