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Martes , 26.03.2019 / 14:58 Hoy

Malas compañías

Y fumar, por fumar

Celeste Ramírez

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Foto icónica: John Lennon tumbado en una cama, en pantalón y camisa de mezclilla, los pies desnudos, descalzos. Posa con anteojos de cristal ahumado y su eterna Rickenbacker 325. En la cama, de manera informal, reposa una cajetilla de los que fueron sus inseparables cigarrillos: los franceses Gitanes.

Los mismos cigarrillos -emblemáticos en Francia- que fueron los preferidos de escritores como Jean-Paul Sartre y Albert Camus. O de íconos como Serge Gainsbourg: Je t'aime... moi non plus. Y que el escritor Mario Vargas Llosa, alguna vez, afirmaría que el descubrimiento de los Gitanes en París, catapultó su afición al tabaco.

Esos mismos cigarrillos que hace muchos, pero muchos años, el pintor José Coyote, me los "recetó" como un método infalible para dejar de fumar. Son tan fuertes, pero tan fuertes -me dijo- que la primera calada te va a provocar no querer saber de cigarros jamás. Aquella tarde casi terminé con la cajetilla del pintor.

Y no es por incordiar, pero para desgracia de los moralistas, soy pro tabaco y completamente aficionada a los toros. Soy creyente absoluta de que el primer cigarrillo del día con un café espabila todos los sentidos. Provoca un continuo renacimiento. Es como un sistema comunicativo interior e indudablemente, el cigarro despierta ciertos ritmos olvidados.

Todos sabemos que fumar mata, lugar común con el que no se arrebujan los fumadores. Ya Paul Auster lo justifica: "no digo que fumar sea bueno, pero comparado con las atrocidades políticas, sociales y ecológicas cometidas diariamente, el tabaco es un asunto menor. La gente fuma es un hecho. La gente fuma y lo disfruta aunque no sea bueno".

He ido desde el primer Marlboro hurtado (y gozado a escondidas) a los insípidos Salem; dorados y ochenteros B&H o Camel. Para regresar al Marlboro world y de vez en vez: un Ducado.

Sin atreverme a la calada de los terribles Boots, Montana y Pall Mall; los More o los John Player Special; a los Dunhill, etc. Tengo remembranzas familiares con los Raleight (con la cara de Sir Walter). O los Baronet rojos y los Viceroy y los Winston.

Nada, nada de light porque a pesar de que un cigarrillo tiene menos nicotina, el fumador da hondas fumadas o fuma más. Tampoco hay nada como unos Delicados: ¡Ay Farito, ni que fueras Lucky Strike!

Allá por la década noventa, en esas tardes de frío de octubre, me gustaba ir por unos Príncipe, unos cigarrillos baratos, de cajetilla suave; el tabaco estaba envuelto en papel negro, sin filtro y tenía un sabor achocolatado; solo se podían encontrar en uno de los estanquillos de tabaco en los Portales de Toluca. Eran maravillosos.

Hoy mis días son extrañamente tristes y aburridos: he dejado de fumar.

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