«Yo me llamé la diosa», resplandecía, con su voz ronca, la undécima musa, la poeta Pita Amor, en ese particular remate poético de Un recital sui géneris. Tenía unos ojos enormes y llevaba mucha bisutería: pulseras, collares, anillos. Hay videos en plataformas como YouTube que constatan esa magnifica presencia frente a las cámaras.
Llevó una vida intensa durante el siglo pasado. Reina y señora de la ciudad de México, habitante excelsa y extravagante de la zona rosa, Pita se rodeó de magia y construyó una vida a través de la nostálgica decadencia.
Fue retratada por extraordinarios pintores como Diego Rivera, Juan Soriano, Roberto Mondragón, Gustavo Montoya, Antonio Peláez, Raúl Anguiano, entre otros.
En su actividad literaria iniciada en la década de los cuarenta fue criticada duramente por los intelectuales de su época. Pero también recibió el feroz respaldo de una elite compuesta por Juan Rulfo, Xavier Villaurrutia, Manuel González Montesinos y Alfonso Reyes.
Esa rara avis que fue Pita Amor sobrevivió todas y cada una de sus crisis de vida. Realizó fuerte rupturas incluidas las de la moral de su época.
Guadalupe Teresa Amor Schmidtlein nació en la ciudad de México el 30 de mayo de 1918 y falleció el 8 de mayo de 2000. Considerada por el poeta y escritor Efraín Huerta «bellísima, brillante y encantadora», (Libros y antilibros, columna El Gallo ilustrado), Pita Amor publicó cerca de veinte libros de poemas y sonetos. Sus obras notables son: "Polvo" (1949), "Décimas a dios" (1953), "Otro libro de amor" (1955); "El zoológico de Pita Amor" (1975); "Letanías" (1983), "48 veces Pita" (1983), entre otros.
Hoy leo, en este confinamiento por pandemia, la versión actualizada y conmemorativa a su centenario Pita Amor, la undécima musa, (Aguilar, 2018), de Michael K. Schuessler. Es el acercamiento a detalle de las diferentes etapas y anécdotas en la vida personal y literaria de la autora del poema Letanía de mis defectos:
«Soy vanidosa, déspota, blasfema; soberbia, altiva, ingrata, desdeñosa; pero conservo aún la tez de rosa. La lumbre del infierno a mí me quema. Es de cristal cortado mi sistema. Soy ególatra, fría, tumultuosa. Me quiebro como frágil mariposa. Yo misma he construido mi anatema. Soy perversa, malvada, vengativa. Es prestada mi sangre y fugitiva. Mis pensamientos son muy taciturnos. Mis sueños de pecado son nocturnos. Soy histérica, loca, desquiciada; pero a la eternidad ya sentenciada». (PA).
“Yo soy mi casa” (1946), también sentenciaba notablemente.