Hungría tiene menos de 10 millones de habitantes; representa apenas 2 por ciento de la población de la Unión Europea. Pero su importancia es enorme. Hungría detonó la liberación que vivió Europa del Este en 1989, al abrir sus fronteras para permitir que miles de alemanes escaparan de la República Democrática Alemana hacia Occidente. Hungría fue también el primer país del continente en caer víctima del populismo autoritario, en 2010, tras la elección que llevó al poder a Viktor Orbán al frente del partido Fidesz. Y Hungría puede ser, en 2026, el primero en mostrar al mundo la forma de recuperar la democracia. El regreso a Europa, así decía uno de los lemas de la transición de 1989. Hoy, Hungría quiere regresar de nuevo a Europa. La pregunta es si tendrá éxito, si podrá ser el primer país del mundo en emerger de nuevo a la democracia liberal tras la erosión tan profunda que sufrió en los últimos 16 años.
Orbán fue el arquitecto más consumado del modelo de la democracia iliberal que fue después exportado al resto del mundo. Una inspiración para muchos, como Trump. Modificó infinidad de veces la Constitución, sin la participación del resto de los partidos en Hungría; debilitó la independencia del Poder Judicial, con la remoción de centenas de jueces; capturó a las instituciones autónomas; buscó el control de los medios de comunicación, tras la purga de cientos de periodistas; asfixió a las organizaciones de la sociedad civil; embistió contra las universidades y los centros de investigación; vinculó a su régimen con una oligarquía creada por él para respaldarlo; fomentó el clientelismo electoral, por medio de transferencias de dinero en efectivo; reformó la ley electoral para favorecer a su partido, con el que formaba supermayorías en el Parlamento; usó los referendos y consultas populares para mantener la movilización y el encono en Hungría. “Un régimen híbrido de autocracia electoral”, lo llamó el Parlamento Europeo.
Pero la voluntad de cambio del pueblo pudo más. El domingo votaron cuatro quintas partes de los electores en Hungría. Con 54 por ciento de los votos, el partido Tisza de Péter Magyar derrotó al partido Fidesz de Viktor Orbán, que obtuvo 38 por ciento de los votos. Tisza ganó 139 escaños de un parlamento de 199 escaños.
¿Podrá ser transformado el sistema político de Fidesz? La magnitud de la victoria ha dado a Tisza la mayoría calificada de dos tercios en el Parlamento, con lo que puede cambiar la Constitución. Ello le evitará los problemas que tiene Polonia en su transición post-populista. Pero tendrá que enfrentar a las instituciones creadas por Orbán. A su alianza con Rusia, y a su dependencia del gas y del petróleo ruso. Está también el problema de la economía. Fidesz comprometió ya más de tres cuartas partes del presupuesto de este año en su intento de seducir a los votantes. Péter Magyar, el candidato ganador, surgido él mismo de las propias filas de Fidesz, prometió que mantendrá las transferencias de dinero y el control de precios que ofrecía Orbán. No será fácil cumplir esa promesa, ni recuperar el dinero robado por la oligarquía que promovió Fidesz. La Unión Europea deberá desempeñar un papel fundamental en esta historia de reconstrucción de la democracia.