El golpe está dado y ha sido suficientemente celebrado. El más buscado, el más violento, el líder del cártel más grande y poderoso ha caído. Es un éxito.
Ayer, por la hora de entrega de esta columna, no estaban las cuentas completas de la reacción de las organizaciones criminales que aterrorizaron a parte del país. Este es el reporte del Gabinete de Seguridad:
Se registraron 252 bloqueos en 20 entidades —Aguascalientes, Baja California, Chiapas, Colima, Estado de México, Guanajuato, Guerrero, Hidalgo, Michoacán, Nayarit, Nuevo León, Oaxaca, Puebla, Quintana Roo, Sinaloa, Tabasco, Tamaulipas, Veracruz y Zacatecas—; 27 agresiones a la autoridad, en las que fallecieron 25 elementos de la Guardia Nacional, además de los tres militares, un custodio y un elemento de la fiscalía estatal muertos durante el operativo. Todo esto en un día, de hecho, en unas horas. Lo que muestra el tamaño, la coordinación, el poder territorial —más de la mitad de las entidades del país— de la organización del líder caído.
¿Y ahora? Porque mal haríamos en pensar que sin El Mencho dejarán de operar las organizaciones criminales que, con su nombre concesionado o rentado, operaban en más de la mitad de los estados del país. Que las ocupaciones territoriales donde estas organizaciones trabajan, aterrorizan, cobran y reparten se van a terminar solo porque el señor Oseguera ya no está. Hace muchos años que sus asociados son jefes en todos estos lugares y operan sin mucho temor.
Son pueblos y municipios enteros que operan con esas reglas, las del crimen organizado. ¿Cuántos presidentes municipales? ¿Cuántos jefes de policía y policías? ¿Cuántos ministerios públicos? ¿Cuántos operan y viven gracias a esas estructuras? Eso no se cambia con la captura y muerte de un líder criminal. Sí, da réditos políticos y mediáticos, pero no transforma la vida cotidiana de tantos mexicanos que, como dicen las encuestas, se siguen sintiendo inseguros en sus lugares, en su vida cotidiana. Como es evidente después de un año, tampoco el punitivismo que mete decenas de miles a la cárcel y no cambia las condiciones reales en el terreno. Ni tampoco la pura fuerza federal, no hay Ejército ni Guardia que alcance.
El golpe está dado, los aplausos han sonado. Un éxito, ya está. Toca lo complicado: la paz, lo político, el cambio real, ese que tarda y no está nada sencillo.
Cambiar eso que permitió el crecimiento del hoy muerto, eso que de no ser transformado radicalmente, abrirá la puerta al próximo Mencho.