No somos un país ejemplar en eso de las encuestas. Es más, no son las encuestas en muchas partes del mundo un instrumento que haya sobrevivido vigoroso adaptándose a nuevos tiempos, nuevas formas de comunicarnos, nuevas costumbres para hablar con extraños que llegan a nuestras casas a preguntarnos cosas, tantas maneras en que candidatos y partidos han intentado influirlas y manipularlas, tantas nuevas cosas que han cambiado en el mundo. Todo es peor en lo electoral.
En las elecciones más recientes en algunas partes del mundo, España, Argentina, Guatemala, una de las notas del día siguiente al conteo era cuánto habían errado las encuestas.
En México, la influencia de las encuestas como instrumentos de propaganda ha hecho crecer el número de supuestas “encuestadoras” que en realidad son consultoras de campaña, tiznando el trabajo de quienes desde hace años y con seriedad intentan dilucidar los nuevos retos de su oficio.
Hoy se publican en todas las plataformas algo que llamamos “encuestas”. Unas en vivienda, otras telefónicas, unas automatizadas, otras con seres humanos que llaman, unas por Facebook, otras por Twitter (o X o como se llame), otras por WhatsApp. Pocas indican con claridad su metodología, sus demográficos, sus análisis estadísticos después de aplicada. Unos hacen mil, otros setecientos, otros dos mil… o eso dicen. En fin. Cada vez es más complicado saber quién hace lo que tiene que hacer o cómo. Yo, con algunos años en esto, como les pasará a otros, tengo mis preferidas, en las que confío, pero cada vez más se va volviendo un asunto de fe y no debería ser.
Fe han tenido los principales partidos políticos mexicanos. Incapaces por sus propios vicios de armar unas elecciones primarias entre sus simpatizantes. Tienen diferente peso en cada una de las decisiones —la del Frente y la Morena—, pero en ambas importan. En la de Morena, invadida por la desconfianza, las brigadas de encuestadores y vigilantes son tan numerosas como cuando llega toda la familia a comer —pero ahora sin invitación—, veremos cómo les va en las casas donde harán una pregunta que importa pero cuyo resultado abre la puerta a “otras valoraciones”, sí, las de Palacio Nacional. De la encuesta del Frente sabemos menos.
La democracia de las encuestas —sin importar la calidad de quién las haga—, ahí estamos. La próxima semana veremos resultados, nos vamos a divertir.