Cultura

Ocho apellidos

Recién había llegado a Barcelona. Un tren tomado en Atocha me llevó de la capital española al corazón de Cataluña. Salí norteado de la terminal Sants y con cara de no me encuentro me acerqué a una doñita que empujaba una carriola con un crío en su interior. A ella pregunté cómo llegar a la Avinguda Diagonal, la calle donde estaba el hotel en el que aventaría mis chivas para lanzarme a la vagancia. La mujer en cuestión respondió con tal don de gente que me hizo comentarle que había estado varios días en Madrid y que ahí la gente me pareció un tanto osca, y que encontraba calidez en la gente de la ciudad condal apenas llegando a ella. A lo que dijo sin más: “Es que los catalanes somos más guapos”.

La puntada no sólo me hizo la tarde, sino que sirvió para ir conociendo el imaginario del territorio español. Y aunque los estereotipos como las comparaciones son odiosos, pero menos aburridos, hay mucho de cierto en el humor y la manera de concebir la vida de acuerdo al lugar donde se vive o de donde se es. De ahí que hace seis años la película “Ocho apellidos vascos” tuviera un éxito inusitado en el cine ibérico, a grado tal que se convirtió en la producción nacional más taquillera de la historia de aquel país. El argumento parte de la oposición entre andaluces y vascos, lo que equivaldría a hablar de las diferencias entre un yucateco y un regiomontano.

El efecto de la peli consiguió que al año siguiente se estrenara “Ocho apellidos catalanes”. La secuela, que confirmó que segundas partes no suelen ser mejores, no deja tener lo suyo, en especial el juego del humor a partir de la estereotipación y el esfuerzo por conservar los rasgos distintivos. Y además encaja a punta de ocurrencias y lugares comunes, que no por ello dejan de ser llamativos. Ambas historias las he visto no menos de tres o cuatro veces cada una y aunque me decanto por la primera y por mucho, recupero el afortunado trabajo en el guion y las actuaciones de Karra Elejalde, como el vasco de cepa, y de Dani Rovira, ese andaluz desenfadado y saleroso que pone el color a la historia.

Y no es para menos. No obstante convertirse en revelación con la primera película, Rovira llevaba tiempo haciendo stand up comedy y en “El club de la comedia” en YouTube hay material de sobra para mirarle. De ahí que ahora, en tiempos en que se requiere más risas y menos miserias humanas, venga a cuento acudir a “Los selfies le están jodiendo la vida al Tiranosaurio Rex”, “Cosas de chicas” o “¿Quieres salir?”, monólogos imperdibles. Y desde luego a las películas mencionadas como una forma de escapar del pastelazo abyecto de los sospechosos comunes, de los impresentables personajes públicos que nos agobian con sus tonterías y del tedio en que de pronto nos sorprende guardarnos en casa.

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Carlos Gutiérrez
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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