Política

Mucha retórica y pepinillos

  • Columna de Bruce Swansey
  • Mucha retórica y pepinillos
  • Bruce Swansey

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Halloween llegó con el presupuesto. Después de 100 días de romance con los votantes, Andy Burnham debió enfrentar su primera prueba. Las promesas que le han ganado el apoyo de la nación aún resuenan pero la realidad de un país erosionado desde el gobierno conservador de Margaret Thatcher, devastado por Brexit y actualmente por la guerra en Oriente Medio e Irán, representa un reto formidable. La devolución de poderes para fortalecer la autonomía, el deseo de producir prosperidad para todos, la voluntad de sentar las bases para remodelar el sistema de gobierno y el compromiso de ofrecer a los más vulnerables un respiro económico, topan con una realidad que ha acosado a los gobiernos anteriores: la economía.

Según la oposición Burnham no ha hecho nada más que continuar el proyecto económico del gobierno anterior que mediante la disciplina fiscal esperaba controlar la postración económica del Reino Unido (RU), como primer paso para solventar la catástrofe desatada por Brexit.

El RU enfrenta muchos y muy diversos problemas cuya solución exige una economía pujante. Los servicios públicos y muy especialmente el sistema nacional de salud, se encuentran en una crisis que por permanente es ya una situación estructural. Durante la primera fase de su mandato, el primer ministro ha logrado despertar en la ciudadanía algo invaluable en términos políticos: la esperanza. Sin este elemento ningún proyecto es viable.

El presupuesto anunciado ayer fue promovido como parte de una estrategia a mediano plazo, una estación en un viaje más ambicioso que por el momento sólo puede ofrecer un respiro ante la precariedad que enfrenta un amplio sector de la población.

Para ello el canciller John Healey anunció una ayuda de 100 libras que beneficiará a 20 millones de hogares para enfrentar la crisis energética propiciada por la guerra contra Irán. Todo ayuda, pero según los conservadores el presupuesto carece de ambición, realmente no beneficia a nadie y el respiro que ofrece no solucionará el naufragio de las familias que este invierno serán incapaces de solventar la inflación y el precio ascendente de la energía. Todos aceptan que este último factor obedece a la guerra contra Irán, pero aún así coinciden en que, comparado con las ilusiones de Burnham, el presupuesto se queda corto.

Healey centró su propuesta en atender el día a día de las familias necesitadas. Además de las 100 libras, hay una lista de 100 productos exentos de impuestos entre los que se cuentan los frijoles enlatados y los dulces en todas sus versiones. Healey no se ha propuesto con esta medida mejorar la alimentación de la población, sino ceñirse a lo que según él consume la gente. Con seguridad la industria azucarera debe estar encantada con la solidaridad alimentaria del gobierno encabezado por Burnham.

La descentralización es una de las ofertas políticas clave del gobierno y resuena en el presupuesto destinando fondos para ser utilizados directamente por las autoridades en Gales, Escocía e Irlanda del Norte, que ya goza de la munificencia del erario público inglés sin que pueda mostrar mucho a cambio.

La esperada reforma en cuanto a la explotación privada de bienes públicos queda pendiente. La nacionalización de las compañías de agua, por ejemplo, formaba parte del cambio prometido contra una administración que desde Thatcher las privatizó. En esto y en general en relación con la energía (gas, electricidad, gasolina) no hay una filosofía política que permita vislumbrar el cambio prometido.

En cuanto a la inversión en seguridad y las maneras de financiarla, se deja también para después, por lo que la oposición se refiere al proyecto como el presupuesto para mañana.

“En lugar de revertir 40 años de neoliberalismo tenemos descuentos para comprar pepinillos en salmuera”, comentó sarcásticamente en el Parlamento la líder del Partido Conservador.

Si a esto se agrega el costo de financiar la deuda pública que asciende de 137 a 160 billones con un crecimiento proyectado de 0.6 por ciento, es poco lo que este gobierno puede cambiar.

El presupuesto exige recortes que ya comienzan a traslucir. Más de un millón de jóvenes que ni estudian ni trabajan no podrán aspirar a recibir la misma cantidad a la que creen tener derecho. Pronto, y esta es una medida moral y económica, deberán abandonar su postración para aprender algún oficio y demostrar que por lo menos están en vías de conseguir empleo.

Parte del dinero para financiar el respiro vendrá de incrementar impuestos a la banca y a los caseros, pero la necesidad de reingresar en la UE es clave y en esto, al contrario de su antecesor, Burnham es claro. Falta ver si convence al electorado renuente que todavía prefiere soñar con Agincourt.

Por el momento la política del respiro tiene límites precisos que casan mal con las expectativas. Todo parece resolverse en buenas intenciones genuinas, en retórica humanitaria y pocas nueces. Por el momento si los pobres tienen hambre, denles pepinillos.


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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