Política

La mecha corta del Ulster

  • Columna de Bruce Swansey
  • La mecha corta del Ulster
  • Bruce Swansey

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A pesar de que el Tratado de Belfast se firmó hace ya 28 años alentando esperanzas para una convivencia pacífica, la tensión en Irlanda del Norte nunca desapareció. Es una corriente subterránea que atraviesa la vida cotidiana, como sucede en los territorios disputados. Cualquier cosa la reaviva manifestándose en violentos estallidos que oscilan entre los de costumbre y los que se suman conforme la distribución demográfica cambia el paisaje étnico de una región que se quería ajena a las mezclas raciales, religiosas, ideológicas y culturales, es decir, una entelequia.

La historia reciente demuestra lo contrario. La comunidad protestante tiene un índice de natalidad descendente. Desde hace años la demografía no los favorece. Además, los recientes escándalos de sir Jeffrey Donaldson del Partido Democrático Unionista que implican incesto y complicidad de la cónyuge han erosionado un partido que se quería ejemplar. Un reino, una raza, una religión. Una burbuja donde la diversidad había sido excluida, pero donde la doble moral carcomía los pilares de la sociedad.

Desde que Irlanda reclamó su independencia a comienzos de la década de los 20 en el siglo pasado y aun antes, el Ulster no es diferente del resto de la isla ni del mundo. Ninguna región en el mundo pudo mantenerse separada del intercambio, pero la otredad es la raíz de la psicosis que intenta compensar el odio de quienes saben que sus días están contados. Han debido aceptar compartir Stormont con los nacionalistas, sus más encarnados rivales, y es previsible que en el futuro su lugar sea el museo.

La visita de Burnham a Irlanda del Norte ha aliviado la angustia de la disminución porque el primer ministro del Reino Unido (RU) ha descartado el referéndum que debería decidir por fin la unidad de Irlanda o la continuidad del cuarto reino de lo que antes fuera imperio y después de Brexit desastre.

En los seis condados que constituyen Irlanda del Norte impera la dismorfia. De manera semejante a quienes son incapaces de reconocer su cuerpo, los unionistas viven convencidos de ser enormes. Algunos lo son individualmente y sus dimensiones les asegurarían un trabajo en el circo de tal forma que podría decirse que desperdician las posibilidades que su ADN les confirió.

Tal dismorfia los persuade de que la historia no ha evolucionado desde que Guillermo de Orange (otro anaranjado) ganara en 1690 la Batalla de Boyne convirtiendo el Ulster en una plantación que anticipa las que florecerían en Estados Unidos y en cualquier colonia bajo la égida británica.

La mentalidad anaranjada no ha cambiado. Quienes forman parte de los unionistas viven convencidos de ser los dueños legítimos del Ulster. Si algo se ha logrado en 28 años ha sido la experiencia de la convivencia pacífica contra el odio que sobrevive de generación en generación agazapado y a la acechanza de cualquier oportunidad para reclamar sus fueros. En el Ulster se continúa caminando de puntas sobre un terreno minado.

Las causas para expresar la eterna desventura de la creciente diversidad son varias pero todas tienen un denominador común: la xenofobia. El último artículo en disputa es el reclamo de los unionistas para marchar desde la parroquia de Drumcree a Garvaghy Road, una calle republicana de hueso colorado en Portadown, un pueblo aún predominantemente protestante. La comisión que regula las marchas ha dado luz verde para que los unionistas se pongan su bombín, cojan su paraguas y salgan a la calle con sus estandartes para reclamar su derecho ancestral a cruzar el territorio republicano porque tradicionalmente esa ha sido su ruta y no ven por qué cambiarla.

Los republicanos creen lo contrario con idéntica vehemencia. Para ellos estas reliquias pertenecen a otra época que se creía superada. Los unionistas, afirman, no tienen derecho de aterrorizarlos con sus gigantescos tambores de Lambeg en un acto que sólo demuestra cuán ajenos son a la necesidad de respetar los linderos convenidos. Cualquier mal paso puede depositar a un unionista en territorio republicano y viceversa. Por eso los republicanos decidieron cerrarle el paso a la Orden de Orange prohibiéndole cruzar su calle. Aunque la marcha fue aprobada por la Comisión, los nacionalistas no dudaron en retar el dictamen. El asunto causó sensación y desde Mary Lou McDonald, presidenta del partido nacionalista republicano Sinn Féin hasta Noel Gallagher y el conjunto musical Kneecap acudieron a apoyar a los asediados católicos. Su acción no era legal, pero esto era irrelevante. Lo importante era ponerles un alto a los unionistas y recordarles que de hoy en adelante su futuro en Irlanda tiene fecha de caducidad. Sir Christopher Bryant, secretario para Irlanda del Norte, intervino para prohibir la marcha de la Orden de Orange que en las décadas de los 80 y 90 causó enormes estallidos de violencia.

Aunque sólo 5% de los protestantes en Irlanda del Norte pertenecen a la Orden, una organización tan conservadora que prohíbe a sus 40 mil miembros casarse con católicos, los anaranjados decidieron insistir en las cortes de justicia, mientras los republicanos cuestionan el fallo. Nadie cede terreno.

Lo curioso es que parte de la solución al encono sería promover más escuelas mixtas porque la infancia no es unionista ni republicana sino infancia. Aprender a convivir desde temprana edad con niños que provienen de familias con persuasiones políticas y religiosas distintas ayuda a desmantelar los prejuicios. Actualmente hay pocas escuelas de este tipo y urge tener más porque su expansión contribuiría a crear una población auténticamente más tolerante y abierta. Mientras cada comunidad se aferre a sus agravios la mecha del Ulster seguirá siendo corta y explosiva.


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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