Política

Testosterona tóxica

  • Columna de Bruce Swansey
  • Testosterona tóxica
  • Bruce Swansey

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Nigel Farage, el líder de Reform, un partido de extrema derecha, saca a sus miembros de donde puede. Cuenta con mecenas cripto billonarios que han donado millones, con prófugos del Partido Conservador, las proverbiales ratas que abandonan las naves en riesgo de naufragio, y candidatos que pepena de los albañales de la machosfera.

Es el caso de Luke Campbell, boxeador profesional que en el ocaso de una carrera limitada ha visto en Reform una excelente oportunidad para iniciar un nuevo ciclo existencial en la política. Podría decirse que sus convicciones han encontrado un terreno fértil donde expresar sin cortapisas su encono contra los inmigrantes y su desprecio por las mujeres, condiciones indispensables para emprender una carrera en las filas de la machosfera prehistórica que no sólo es racista sino también misógina.

Apenas reclutado por Farage, el expúgil ha creído conveniente llamar la atención de una colega sobre un tatuaje que luce donde no llega el sol. La mujer se sintió agredida aunque en la mentalidad de Campbell debería haber experimentado escalofríos de placer.

Uno de los rasgos de los adeptos de la machosfera es sentirse atrayentes como un trozo de carne sanguinolenta para las moscas. En su mundo poblado por mensajes destinados a transformarlos en machos alfa irresistibles, las mujeres son seres secundarios cuya presencia múltiple e intercambiable sólo sirve para confirmar el prestigio masculino.

Adepto a tal lógica, el expúgil reclutado por Farage estaba seguro de que exhibirse en traje de rana aseguraría la adoración de otras copartidarias a quienes, orgulloso de sus atributos, obligó a admirarlo en la pantalla de su computadora. Farage apuesta porque la vulgaridad atraiga votantes cuya penuria los hace rehenes de las fantasías promovidas por los “influencers” de la machosfera.

Otros correligionarios menos favorecidos por la naturaleza en esteroides se limitan a declarar sus convicciones.

“Si esa fuera mi hijita, todavía la bañaría”, dice jocoso el consejero Chris Whelan de una correligionaria que se mosquea con el piropo.

“A esa otra me la cogería”, añade festivamente.

Ninguna de las aludidas se lo toma deportivamente.

Alan Feeney, diputado de Solihull (en el centro de la isla) es filmado declarando que los asiáticos que tienen casa son “parásitos” y asegurando que en Inglaterra los habitantes que no son blancos no deben exceder del uno por ciento de la población.

“¡Sáquenlos de sus casas, métanlos en un avión y mándenlos al jodido Pakistán”, brama el diputado.

No sorprende que los dos distinguidos políticos hayan renunciado. Farage arruga el mascarón como si estuviera dando una buena noticia, la bocaza separándole el rostro por la mitad.

Estos distinguidos caballeros no están solos. Inspirados por lo que sucede al otro lado del Atlántico donde el factor naranja asegura que él agarra a las señoras de la vagina (que finalmente designa como “panocha”), en el Reino Unido (RU) proliferan machines como los hermanitos Tate (quienes últimamente enfrentan cargos por tráfico humano entre otras proezas), Tommy Robinson, cuyo nombre real es Stephen Yaxley-Lennon, quien estando en prisión descubrió a Jesús, y Daniel Thomas, actualmente en prisión por atacar con un cuchillo una patera cargada de africanos.

A esta élite de la machosfera se une Rikki Doolan, el pastor que fuera drogadicto, cuyo hogar era la calle y que comparte con Farage la certeza de que la invasión de inmigrantes está destruyendo las bases cristianas del reino. El antisemitismo pero sobre todo la islamofobia se agazapan detrás de su advertencia y del uso de la religión como arma. Según Doolan asistimos a un renacimiento espiritual en el que la fe conmueve a la machosfera que se descubre devota. 1,700 años de martirologio en Inglaterra unen a San Alban con Doolan en una cadena indestructible cuya reivindicación principal en nombre de Jesucristo vencedor es la anti inmigración. Entre tal renacimiento y MAGA no hay diferencias: los fieles a uno y otro lado del Atlántico se sienten humillados por haber sido abandonados en la cuneta de la historia. A un lado del océano celosos de los afroamericanos que han mejorado su situación mediante la educación y al otro de los inmigrantes asiáticos y africanos a quienes resienten por estar convencidos del despojo del que se consideran víctimas.

Miles de machos descamisados y ostentando tatuajes cantan conmovidos entre sollozos himnos religiosos en Portsmouth, en Poole y en Middlesborough, “Cristo Rey” y “hundamos las pateras” entonan con la práctica que les ha dado años de hooliganismo hincha. Seis millones de etno nacionalistas actualmente creen que el cristianismo es la condición para ser británicos. Según estas huestes de la fe, el suyo es un movimiento de resistencia cristiana que no descarta el terrorismo contra centros de refugio.

Entre los cruzados de la causa metafísica los hay que se creen profetas y repiten el mantra que pinta a los musulmanes como agentes del exterminio, a las mujeres profesionales como un peligro para la familia (algunos gustosos les retirarían el derecho al voto), y a la comunidad LGBT como perversos que minan la sociedad desde dentro.

La testosterona tóxica no requiere razones. Como a todo movimiento de extrema derecha le basta la nostalgia por un mundo que sólo existe en su alucinada ignorancia, el nativismo cuya pureza es tan real como cualquier fábula y el ataque a cuanto se percibe como diferente, ingredientes de una ideología basada en la fuerza bruta y el autoritarismo que convulsionan el RU y alimentan a la extrema derecha también al otro lado del Canal.



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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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