Política

Elogio de los oficios

  • Columna de Bruce Swansey
  • Elogio de los oficios
  • Bruce Swansey

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Todo se ha juntado para que la generación Z sea la peor librada. Puede ser que se trate de la más reciente, a la que le va peor, o puede ser que varios factores se unen en su contra.

El primero es la estética del piercing que les da aspecto de alfileteros ambulantes y el gusto por el tatuaje que los asemeja al ganado herrado o al papel tapiz en el que, horror vacui, no ha quedado ni un milímetro de la epidermis original.

El segundo es la crisis de la vivienda que los mantiene, para consternación paterna, en la casa familiar hasta bien entrada la edad adulta. Este es un fenómeno que no sólo afecta a los más jóvenes. Desde la catástrofe financiera de 2008 los hijos de familia lo han seguido siendo. Al contrario de sus progenitores que abandonaron el hogar hacia los 20 años, las criaturas que continuaron poblando el mundo han quedado varadas, alicortadas y frustradas al ver que hagan lo que hagan, la ilusión de una casa propia y la independencia que significa son bienes inaccesibles.

El tercer factor es el reacomodo del mundo. La posibilidad de estudiar una carrera y probar fortuna en otros países es una puerta apenas abierta en un mundo fóbico contra la migración. El incidente en Ceuta ha exacerbado la histeria ante la “invasión” de Europa. Desde luego hay de migrantes a migrantes y seguramente los arios caucásicos médicos, ingenieros y científicos tienen mayores posibilidades que los refugiados de África que huyen de circunstancias atroces con lo puesto y aturdidos por la violencia. Su flujo ha proporcionado a la derecha europea una causa común alimentando teorías de la conspiración que temen y abominan el remplazo étnico. Los pobres no suelen ser bienvenidos aunque su trabajo contribuya a mantener los servicios indispensables para vivir civilizadamente.

El cuarto factor es el desplazamiento de los saberes. Desde hace décadas la educación universitaria ha representado una meta cuya consecución promovía la ilusión del ascenso social. Graduarse de licenciatura era el pasaporte para acceder a una mejor calidad de vida. Poco a poco la cantidad de graduados ascendió la barra y pronto una maestría fue el grado mínimo al que se debía aspirar si se deseaba a un empleo digno. Actualmente una maestría dice poco y quien no tiene un doctorado más vale que permanezca en casa y aprenda macramé o practique yoga y se haga fakir.

La erosión de la educación universitaria no sólo se debe a la mayor cantidad de estudiantes y en muchos casos a la lamentable educación que reciben, sino también a que el mundo laboral ha cambiado radicalmente. El último hito de un cambio tectónico es la revolución digital. En el futuro próximo las labores desarrolladas por profesionales de las leyes, la contaduría, la cirugía y otras carreras administrativas encontrarán que su área de trabajo ha sido cubierta por la inteligencia artificial. Es algo semejante a lo que ocurrió a fines del siglo XVIII cuando se inició la revolución industrial. Desfasadas de su contexto, replegadas en curricula caducos, asediadas por el recorte presupuestal, carcomidas por una cultura corporativa oscura, las universidades se encuentran ante una fractura epistemológica que amenaza por borrarlas del mapa cognitivo.

A su vez, los padres de familia comienzan a cuestionarse la utilidad de sacrificar enormes sumas de dinero a cambio de títulos que significan poco en el cambiante mercado de trabajo. La conciencia de que lo que todavía mantiene a las universidades es en gran medida el esnobismo mella actualmente su atractivo. No transcurrirá mucho tiempo antes de que este prejuicio se desvanezca. Los nuevos graduados que antes habrían engrosado las filas de la burocracia actualmente forman parte de los nuevos pobres. En cuanto a los servidores públicos su extinción no será lamentada por la sociedad. En general su función ha consistido en obstaculizar las gestiones y convertir el trámite en un fin que se basta a sí mismo y que como tal se prolonga más allá de la existencia de quien desafortunadamente lo inició.

En el Reino Unido (RU) Andy Burnham, el más reciente primer ministro, ha visto con toda claridad el desequilibrio educativo entre estudiar una carrera o un oficio, fomentado por el esnobismo convencido de que un licenciado de medio pelo ocupa un mejor lugar en la escala social que un carpintero. Sin embargo, trate de conseguir un plomero que cobre menos por hora que un psicoanalista. O alguien capaz de forrar un sofá cuyas ganancias sean inferiores a las de un asesor financiero. Los oficios no sólo son empleo digno sino muy necesario en una época en que la mayoría de quienes los practican son inmigrantes ya que en el mejor de los casos los oriundos prefieren obtener un título profesional que no los capacita más que para soñar. Los oficios son también lucrativos y sobre todo en un contexto en el que escasean. Además, viajan tan bien como la medicina. Un carpintero es tan necesario en el RU como en cualquier otro país.

El cambio que Burnham abandera no implica una reacción contra las universidades al estilo del ataque del factor naranja en Estados Unidos donde pretende transformarlas en centros de adoctrinamiento para sinantropus magaensis. El primer ministro se propone ampliar las posibilidades para que al lado de las materias tradicionales los educandos puedan aprender los rudimentos de un oficio. Burnham aspira a hacer de las opciones técnicas una alternativa tan válida como las profesiones.

“Durante mucho tiempo —ha declarado— hemos hecho de la universidad la única ruta hacia el éxito: un título, un escritorio”.

Para lograr el cambio es necesario transformar el currículo y ofrecer desde los 14 años materias técnicas ligadas a empleos locales. El bachillerato en Mánchester ya ofrece una experiencia que prepara a los estudiantes para seguir una carrera o aprender un oficio relacionado con trabajos existentes en los cuales pueden seguir su entrenamiento. Para ello se prevé un fondo de 287 millones de libras para crear 22 mil plazas educativas y 8 mil libras como incentivo para emplear a los egresados. En cierta forma los oficios continúan una tradición ancestral que consiste en el vínculo entre el maestro y sus aprendices que forman parte de un gremio. El objetivo es lograr 50 mil empleos que palien el problema de la generación “nini” que ni estudia ni trabaja y que suma un millón de jóvenes entre los 16 y los 24 años. Se calcula que durante la próxima década se necesitará un millón 300 mil trabajadores. Para satisfacer esta demanda y solucionar el desempleo juvenil se requieren centros que ofrezcan educación técnica de alta calidad. Hasta el momento las escuelas técnicas reciben 20 por ciento menos presupuesto por alumno que las universidades, así que la inyección de capital es imprescindible.

El proyecto de Burnham no pretende sustituir las universidades ni consolar a quienes no ingresen en esas instituciones, sino reforzar alternativas de estudio vinculado a necesidades reales de trabajo y a una remuneración con frecuencia más atractiva que la hora nalga en una dependencia administrativa. En esto como en otras reformas, Burnham encarna un cambio tan esperado como necesario. Quizá el momento que evadió a sus predecesores ha llegado.


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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