Llegar a un lugar donde ningún ser humano ha estado jamás y conseguir una de las hazañas más impresionantes del siglo XX.
En 1953 el Imperio británico ganó la carrera por conquistar la cima de la montaña más alta del planeta y la noticia fue difundida en los medios de comunicación internacionales, el mismo día en que Isabel II era coronada en la Abadía de Westminster.
Su reinado marcaba una nueva era y comenzaba obteniendo una meta largamente anhelada.
El diario The Times, uno de los patrocinadores de la expedición, recibió de su corresponsal el mensaje cifrado con la buena nueva: Tenzing Norgay y Edmund Hillary habían alcanzado la cumbre del Everest.
El año anterior un equipo suizo se quedó sumamente cerca de alcanzar el hito, por lo que los británicos sabían que la temporada de 1953 sería quizá la última oportunidad para llegar primero a la cima, aprovechando la apertura de Nepal.
Así integraron un equipo de expertos montañistas y colocaron a Tenzing, veterano de la expedición suiza, al frente de los sherpas.
Para él, la montaña que desde niño veía era Chomolungma, la diosa madre del mundo que no debía ser conquistada sino venerada.
Después de un primer intento fallido, el líder del equipo designó a Tenzing y al neozelandés Edmund Hillary para subir de nuevo, antes de que las condiciones climáticas acabaran con su sueño.
El nepalí había demostrado ser el más fuerte y rápido del grupo, mientras que su compañero se caracterizaba por su espíritu competitivo además de su férrea determinación por superar los obstáculos y alcanzar sus metas.
Al llegar a la cima, Tenzing experimentó un profundo alivio y dejó una ofrenda que hablaba de su espiritualidad. Ahora podía contemplar su amada montaña en toda su magnificencia.
Tras el descenso, los lazos que unían a los montañistas se tornaron inquebrantables.
Aquella fraternidad forjada en la cumbre logró prevalecer por encima de las barreras idiomáticas, las inevitables controversias del camino y las efímeras tentaciones del reconocimiento público, resistiendo con dignidad los intentos ajenos de imponerles la etiqueta de héroes.
Azucena.baez@iberotorreon.mx