“Una cosa sé de la muerte. Cuanto ‘mejor’ es la persona, cuanto más cariñosa, feliz y comprensiva, menor es el vacío que deja su muerte”.
La obra de Lucia Berlin (Alaska, 1936 - California, 2004) se le revela al lector como un acto de supervivencia.
A más de dos décadas de su fallecimiento, la antología Manual para mujeres de la limpieza (2015) —que recopila 43 relatos— la ha consagrado póstumamente como una de las voces más honestas de la literatura estadounidense.
La vida de Berlin fue tan acelerada y nómada como sus cuentos. Hija de un ingeniero de minas, creció y radicó en Santiago de Chile, México, Texas, Nueva York y California.
Esta existencia vagabunda moldeó su capacidad para observar la realidad con una mirada cáustica y descarnada, pero a la vez compasiva. Su escritura le permitió convertir sus vivencias en una prosa excepcional.
Berlin vivió muchas vidas y las plasmó en relatos donde la ficción autobiográfica es protagonista.
Fue enfermera, recepcionista, maestra y limpiadora de casas, oficio que da título a su antología más reconocida.
En sus historias se enfrenta al alcoholismo —una lucha personal y familiar—, la soledad, la incomprensión materna y el desamor. Sus personajes son a menudo mujeres trabajadoras a las que da voz después de observarlas y entenderlas.
El Manual de Berlin presenta relatos donde la cotidianidad nos provoca asombro gracias a su humor amargo y capacidad para sortear los acontecimientos inesperados.
Su obra también destaca por la visión cruda del rol de la mujer en las décadas de los 60 y 70.
Son memorables cuentos como el que narra las peripecias de una maestra norteamericana en una comunidad marginada de Latinoamérica, o aquél donde un grupo de pescadores arriesgan su existencia. Ambos ponen en evidencia una profunda conexión con la humanidad de sus personajes.
Manual para mujeres de la limpieza no es solo un libro de relatos, es la memoria de una mujer que se negó a vivir de manera convencional, una mirada incisiva sobre la soledad y la complicidad, un tributo a una escritora “redescubierta” por las generaciones que la sucedieron.
Azucena.baez@iberotorreon.mx