En el célebre poema El cuervo, de Edgar Allan Poe, el ave negra se posa sobre el busto de Palas, diosa griega de la sabiduría, y repite, con una monotonía inquietante, las palabras que terminan por hundir al protagonista en la desesperanza: “Nunca más”. El cuervo no necesita destruir la habitación; le basta con permanecer allí, recordándole al hombre sus pérdidas y convirtiendo la angustia en una presencia permanente.
Algo semejante podría ocurrirle a la democracia mexicana si permitimos que el desencanto, la opacidad y la desconfianza se instalen en las instituciones que tanto costó construir.
En el caso del INE, no basta con señalar culpables sin pruebas ni confundir la crítica con una sentencia anticipada; se trata de advertir el peligro de que la opacidad, el favoritismo o la subordinación política para que terminen devorando desde dentro aquello que la ciudadanía construyó desde fuera. La corrupción institucional no siempre entra derribando puertas; a veces avanza en silencio, disfrazada de normalidad, hasta que la excepción se convierte en costumbre y el ciudadano deja de reconocerse en sus instituciones.
El INE no pertenece a Taddei, ni a un partido ni al gobierno en turno. Pertenece a una sociedad que aprendió, a fuerza de tropiezos, que la democracia nunca está definitivamente conquistada. Sus cimientos se levantaron con la memoria de los fraudes, las movilizaciones y la exigencia de elecciones auténticas. Renunciar a esa memoria sería permitir que la historia caminara hacia atrás, como un reloj roto que insiste en devolvernos a las horas más oscuras.
Defender al INE no significa convertirlo en una institución intocable; significa exigirle transparencia, independencia, legalidad y cuentas claras. Porque una democracia se defiende con ciudadanos vigilantes que se niegan a entregar su futuro a la indiferencia. Antes de que el INE existiera como hoy lo conocemos, hubo ciudadanos que desafiaron la resignación, que se negaron a aceptar que las elecciones fueran una ceremonia donde el resultado pareciera escrito antes de abrir las urnas. Cada avance electoral fue una piedra arrancada al muro del autoritarismo.
Por eso los cuestionamientos sobre su autonomía, sus decisiones institucionales y su relación con el poder político han alimentado una discusión legítima sobre la independencia del árbitro electoral.
El cuervo de Poe podría representar, en esta analogía, la tentación de los intereses políticos de apropiarse de aquello que pertenece a todos. Se posa sobre el edificio democrático y murmura: “Nunca más”, como si la ciudadanía estuviera condenada a perder lo que conquistó; como si la historia fuera un círculo oscuro del que no podemos escapar.
“Nunca más” debería ser la respuesta de México ante el fantasma del autoritarismo.