Política

Bajen el mingitorio

Ajedrecista consagrado y símbolo del dadaísmo, Marcel Duchamp fue también uno de los críticos de arte y diseñadores conceptuales más renombrados de la historia. Tan visionario fue que, entre sus futuristas creaciones, se le atribuye la paternidad del mingitorio. Para quienes no lo sepan, un mingitorio es una pieza de mobiliario utilizada para orinar, ubicada en baños masculinos. Suelen ser de porcelana y las hay con diferentes formas; casi siempre van suspendidas del muro.

La altura promedio de un varón estadounidense es de 1.75 metros. Quizá por eso los estándares de 1917 para la instalación de mingitorios definieron que la base del mueble debe ubicarse a 43 centímetros del piso y el borde de la cavidad a un máximo de 61. Pero en América Latina se decidió que la altura “estandarizada” para los mingitorios tenía que ser de 70 centímetros del piso a la base. Si a eso le sumamos 20 centímetros de la base al borde, en nuestro pachanguero continente el mingitorio se usa a una altura de 90 centímetros del piso, cuando la altura promedio de un varón latinoamericano es de 1.57 metros. Nuestros mingitorios están 30 centímetros más altos cuando en promedio somos 20 centímetros más bajos. No hay que hacer muchas cuentas para entender por qué el 75% de los hombres latinos no alcanza a orinar dentro del mueble y por lo tanto tiene que hacerlo en el inodoro o mantiene anegados los pisos, no por sucios sino por chaparros.

Esta disertación fisiológico-ingenieril, que seguramente nadie está disfrutando, en realidad tiene poco que ver con los mingitorios; es más bien un tema que nos remite a hablar de las inercias. Alguien en los años 1920 convirtió mal las pulgadas a centímetros y encima creó una norma inadecuada a las características antropométricas del latino. Lo preocupante no sólo es eso, sino que en 105 años nadie haya cuestionado ese inútil estándar. Alarmantemente, lo mismo sucede con frecuencia en nuestras vidas y en la de las organizaciones: repetimos inercias por no cuestionarlas y las justificamos, independientemente de su conveniencia.

En el fondo, la inercia tiene que ver con el miedo al cambio. Lo dice el dicho: “más vale malo por conocido, que bueno por conocer.” Y así perpetuamos la ineficiencia y la ineptitud. El problema de prolongar inercias indeseables es que cuando no alcanzamos nuestros objetivos, culpamos a todo y a todos, antes de identificar que estamos ante procesos viciados.

Quien tenga un mingitorio público podrá constatar que frente a un piso mojado se culpa a los usuarios, al personal de limpieza o a la posición del baño. Nadie ha pensado en la realidad: que la culpa la tuvo el ingeniero que lo puso a 70 centímetros. Esto es razonar por fuera de la caja inercial y es la solución para muchos de tus problemas. Es el consejo estructural de tu Sala de Consejo semanal.

Arnulfo Valdivia Machuca

@arnulfovaldivia


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Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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