El mundo ya cambió. De hecho, estamos ante un cambio de era, del tamaño de la revolución industrial y las grandes revoluciones sociales de finales del siglo XIX y principios del XX. El problema es que mucha gente aún no se da cuenta.
Son días confusos, porque en todo el mundo seguimos discutiendo la política, la economía y las relaciones entre países como si el mundo continuara funcionando bajo las reglas de hace veinte años. Pero no. El orden global que conocimos terminó y buena parte de las élites políticas, empresariales e institucionales siguen actuando como si nada hubiera pasado, aferradas a lo que ya no es, vuelva a ser. Este es hoy uno de los mayores riesgos del planeta: administrar una realidad nueva con mentalidad vieja.
Durante décadas, la globalización generó una sensación de estabilidad permanente. El comercio crecía, las cadenas de suministro parecían infinitas, Estados Unidos dominaba sin competencia real y Occidente asumía que la democracia liberal se expandiría orgánicamente por el mundo. Todo eso se acabó. La pandemia rompió la ilusión de eficiencia absoluta. La guerra entre Rusia y Ucrania destruyó la idea de una Europa eternamente pacificada. La rivalidad entre Estados Unidos y China enterró el consenso globalizador. La inteligencia artificial abrió una carrera tecnológica que redefinirá el poder económico y militar del siglo XXI. Y las redes sociales transformaron la política y la interacción social en un fenómeno emocional, inmediato y profundamente inestable.
Estamos entrando a una era mucho más estratégica, más competitiva y menos ingenua. Los países ya no solo compiten por mercados: compiten por semiconductores, minerales, talento, energía, datos, rutas logísticas, influencia digital y control narrativo. La geopolítica de la Guerra Fría volvió, pero ahora combinada con tecnología, percepción pública y poder económico.
El lío es que tanto gobiernos como empresas siguen atrapados en debates del pasado. Mientras el mundo discute inteligencia artificial, computación cuántica y polígonos de seguridad estratégica, una buena parte del mundo continúa obsesionada con luchas ideológicas, polarización interna y pequeña corrupción. Por eso, la gran pregunta de nuestros días ya no es quién tiene más recursos, sino quién entiende mejor el momento histórico. Y es que las próximas décadas no serán para los países más grandes, sino para los más inteligentes y adaptables.
Muchos todavía creen que el mundo está atravesando una etapa de crisis temporal que terminará. Se equivocan. No estamos viendo una crisis pasajera. Estamos viendo el nacimiento de una nueva era. Y quienes no logren entenderlo, desde ahora ya están fuera de ella. Es el presagio global de tu Sala de Consejo semanal.