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Domingo , 21.04.2019 / 21:21 Hoy

Desde Sandua

El poeta español Mariano Roldán fallece tras incendiarse su biblioteca

Antonio Rodríguez Jiménez

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Mariano Roldán, el viejo poeta y periodista español no se ha muerto por el paso de los años o de una enfermedad terminal. Se lo ha llevado un incendio a sus 86 años, cremado junto a sus libros y su sabiduría, como anunciaba en las redes sociales otro gran poeta malagueño y periodista de TVE, José Infante. Fue durante muchos años jefe de informativos de TVE. Vivía en Madrid, en la Ciudad de los Periodistas, pero ante todo era poeta, un gran poeta, con un carácter fuerte, inflexible, trabajador. Vivía tranquilo con su familia dedicado a escribir versos y a traducir. Recuerdo su atracción por Lucano, otro magnífico escritor cordobés, del que Mariano tradujo espléndidamente su Farsalia.

Mariano Roldán rompe desde sus primeros libros con el barroquismo sensual e intimista, bajo el signo de la elegía, y el neorromanticismo sentimental de cierta poesía de su tierra, y lo que hace es objetivar severamente su palabra y su visión del fenómeno poético. Mariano Roldán nació en el pueblo del anís, Rute, uno de los lugares más bellos de Córdoba, en 1932. Se licenció en Derecho y se tituló por la antigua escuela de Periodismo. También fue cofundador y codirector de la Revista de Poesía Alfoz, publicada en Córdoba entre 1952 y 1953. Formó parte de la Revista del Mediodía (1959), también cordobesa. Con su libro Hombre nuevo obtuvo el Premio Adonais en 1960. Veinte años más tarde, a su libro Asamblea de máscaras le concedieron el Premio Ciudad de Melilla (1980).

Con la palabra de Mariano Roldán –hedonista y estoico, cálido y severo, como lo califica Carlos Clementson– Córdoba, la mejor Córdoba eterna, vuelve a encontrarse a sí misma. Su Farsalia –la de Lucano, la de Mariano–, a través de los tiempos, nos patentiza la continuidad de una estirpe y una sabiduría poéticas, que se proyectan de nuevo a través de sus propios versos que se queman en el nerviosismo de los renglones, en los mágicos latigazos de las imágenes, en el rico tesón de los ritmos, en esa línea invisible que provoca un encuentro: “Iba el verano ardiendo en su jornada/ cuando hasta mí llegaste. Fresca fuente/ tuvo mi alborotado adolescente/ y se hizo el mundo donde fue la nada. / ¡Qué sacudida la de tu mirada/ hecha rubor de timidez reciente/ para mi insuficiencia insuficiente / de joven predador en algarada! / ¡Qué intimidad de cuna se mecía/ en tu ser! ¡Qué sereno el manso acento/ de la aniñada voz con que me hablabas!/ ¡Cómo la muerte, sin querer, moría!/ ¡Cómo la vida eternizó el momento/ en que vencida y vencedora estabas!”. Me enorgullece como a él ser cordobés y llevo el honor de que un libro mío obtuviera en 2008 el galardón de su nombre, del que se encargó José Molina Caballero de editarlo en su colección Ánfora Nova. Los malos vientos de un fuego asesino se lo han llevado para siempre, pero los cordobeses y muchas personas podrán leer eternamente sus versos.

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