Política

Los malditos contratos

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Voy a dejar de lado el hecho de que el Presidente se ha convertido en el buscapleitos más grande del país. Un pendenciero. Ni siquiera me voy a detener en la desproporción que mantiene con los enemigos que busca, porque sería absurdo. No existe personaje con más poder y recursos que el Presidente de la República: la persona con la que se meta siempre estará en desventaja. Sin embargo, lo que hoy me sorprende es el arma con la que nuestro mandatario ha decidido golpear a su nueva adversaria, Xóchitl Gálvez. No, no es el tehuacán por la nariz ni los toques. Nuestro mandatario ha decidido que lo más efectivo para vencer a la mujer que ha trastocado su proceso de sucesión son “los contratos”. 

Vale la pena subrayar que “los contratos” o, por lo menos la referencia a ellos, fue presentada en la mañanera, con lo que nuestro mandatario violó varias leyes dejando en la indefensión a muchos. Es decir, si el gobierno puede revelar información confidencial protegida por la ley, ningún mexicano, pero tampoco ningún inversionista extranjero puede asegurar que no lo harán con ellos. Indefensión o,  por lo menos, la evidencia de que este es el país de un solo hombre; sin embargo, ese tampoco es mi punto, porque eso ya lo sabíamos. Regresemos a “los contratos”.

Un contrato es un instrumento legal, un negocio jurídico diseñado para regular obligaciones. Todos lo sabemos, si alguien no cumple con el contrato que firma: de renta, de teléfono, de lo que sea, habrá consecuencias. Un contrato es un compromiso legal. ¿No le sorprende entonces que el Presidente diga la palabra “contrato” como si fuera un delito? “La señora tiene contratos”, dice como si fuera una indecencia. Y la pregunta es: ¿Qué acaso lo inmoral no es lo contrario? ¿Trabajar sin contrato, sin papeles de por medio que establezcan un compromiso, trabajar en lo oscurito y pagar con sobres amarillos? Es más, no conocemos los contratos con los que se hicieron las obras emblemáticas porque el gobierno protegió la información para no hacerla pública, ¿será que ni siquiera hay contratos? Habrá que recordarles que cuanto más cuantiosa es la suma, más necesario es el contrato.

Los contratos son la forma de dejar por escrito precio y condiciones de algún trabajo o servicio. ¿Por qué el Presidente nos quiere hacer pensar que eso es indecente? ¿Será porque nuestro mandatario jamás ha firmado alguno? Ni de cuenta bancaria ni de renta ni de trabajo. ¿Será porque firmar un contrato con alguien, sea quien sea, resulta aspiracionista? Y aún más ¿por qué hacer pensar que el monto del contrato es para que solo enriquezca al beneficiario? El contrato del departamento no es para que se lo lleve el casero, primero que nada es para pagar el departamento en el que viviremos. “Los que firman un contrato son malos”, parecen querernos hacer pensar. Tal y como señalara de manera clasista un famoso intelectual del sistema la semana pasada: “Xóchitl no puede ser indígena, porque es empresaria”. Superioridad moral confundida, clasista, acosadora.

Lo cierto es que por muchos contratos que tengan las empresas de Xóchitl, el contrato más grande lo tiene el Presidente. El primer contrato social de México es su Constitución, con que nuestro mandatario lo cumpla, nos daremos por bien servidos.


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Ana María Olabuenaga
  • Ana María Olabuenaga
  • Maestra en Comunicación con Mención Honorífica por la Universidad Iberoamericana y cuenta con estudios en Letras e Historia Política de México por el ITAM. Autora del libro “Linchamientos Digitales”. Actualmente cursa el Doctorado en la Universidad Iberoamericana con un seguimiento a su investigación de Maestría. / Escribe todos los lunes su columna Bala de terciopelo
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