Las cartas de despedida suelen ser tristes. Hablan de algo que termina y que se deja por escrito para que siempre esté presente. Paradoja epistolar redactada por el que se va, pero que enumera lo que dejará para que lo guarde y resguarde el que se queda. Expresión suprema de la vanidad melancólica. Me voy, pero te dejo esta carta que, hasta el final de los días, te hablará de mí. Tuyo siempre. Jamás te olvidaré. Recuérdame. O tal vez: “Podría dejar ahora mismo la Presidencia sin sentirme mal con mi conciencia”, como diría nuestro Presidente en el cierre de su tercer Informe de gobierno.
Frente a un Juárez de cuerpo entero como testigo, imagen que une a ambos presidentes para fijarla como estampita de papelería en el inconsciente, el Presidente rindió su Informe. Cabe, antes de proseguir, una pregunta: ¿Informe, despedida o sentido de epopeya? Empiezo por el primero.
Visto y leído como Informe, la glosa ha sido devastadora. Hubo casi un centenar de imprecisiones, huecos, omisiones y datos falsos. Memorable el párrafo donde el Presidente enumera los récords que ha alcanzado su gobierno. La caída de la bolsa y la devaluación del peso que pronosticaban sus detractores no sucedió, buen punto para el Presidente que se vio ensombrecido por otro de los récords que, en realidad, es una marca histórica de la deshonra: las remesas. Dinero que mandan los paisanos desde El Gabacho porque aquí no hay trabajo ni futuro y, que se ha multiplicado hasta establecer un récord histórico porque si aquí nuestro Presidente no incrementó la deuda para salir de la pandemia, allá sí. Ambos, Trump y Biden se endeudaron para estimular su economía, tanto, que el impulso llegó hasta nuestros compatriotas que trabajaron más, recibieron más y terminaron por mandar más dinero. Triste y vergonzoso por donde se le vea. Las remesas son la alegre evidencia de una humillación: cuanto más se eleven, mayor será nuestro fracaso.
En cuanto a los huecos, aquí va uno abismal: afirmar que los derechos humanos se han respetado, mientras se reciben a los migrantes a patadas y una bota se hunde en el cuello de la Comisión de los Derechos Humanos para que así, ahogada, no alcance a decir nada. ¿Omisiones? El incremento de violencia, de pobreza y de pandemia; los verdaderos y preocupantes montos de inversión y la irremontable falta de confianza.
Voy por la segunda. ¿Despedida? ¿Se acabó el sexenio? Puede que sí. El nuevo equilibrio en el poder Legislativo hará que las propuestas y los caprichos presidenciales sean difíciles de transitar. Más vale desde hoy anunciar que ya todo se hizo para que nadie eche de menos si no pasa nada y, si alguien se queja de que antes tampoco nada pasó, apuntalar desde hoy que esto que se hizo y que nadie vio son los “cimientos” y esos siempre están en el fondo de un hoyo.
Y, finalmente, ¿sentido de epopeya? La foto con Juárez y el tono pidiendo clemencia al Creador lo tienen. Aunque la corrupción no se haya acabado, hay que decirlo. Aunque México no sea Dinamarca, habrá que decir que ahí vamos. Hechos, no palabras, diría el general Múgica; lo malo es que aquí las palabras son lo que mejor hacemos.
Así que, aunque el Presidente se ría, recuerde la frase con la que empieza este texto: este tipo de informes suelen ser tristes.
@olabuenaga