Imagine que alguien a quien usted aprecia le dice: “Tú siempre fuiste mi plan B”. ¿A qué le suena? A pior es nada. ¿Humillante? Así ocurre en la vida.
¿Y en la política? Esta semana que la Presidenta presente el Plan B de la Reforma Electoral, a qué le va a sonar: ¿a esfuerzo o a plan con maña?
Tantos planes van y tantos planes vienen, que el asunto empieza a sonar como los “buenos días” que te dan en el transporte: “Ya se la saben”. Si no se puede entrar por la puerta principal, entramos por atrás. Si la cerradura se resiste, la forzamos. Y si tampoco cede, arrojamos una piedra a una ventana y por ahí entramos.
La imagen parece exagerada, pero no lo es tanto. Todo empezó con el Plan A que presentó López Obrador en 2022. Lo hizo justamente el 5 de febrero—día de la Constitución— y desde el histórico recinto legislativo en Palacio Nacional, para que el gesto pesara más. Algo así como decir: “Celebren su Constitución mientras yo presento 20 reformas para rehacerla”.
A pesar de todo, el Plan A de López Obrador falló. No pasó en el Congreso. Entonces —en parte como chunga y también como ocurrencia— apareció el Plan B. Si no podía cambiar la Constitución, cambiaría algo más modesto: las leyes.
Tampoco funcionó. La anterior Suprema Corte declaró inconstitucional buena parte del intento y la echó para atrás.
Después, ya dentro del nuevo sexenio, la Presidenta presentó de nuevo el plan. El proyecto vendría siendo el Plan C y traía el argumento más seductor del repertorio populista: el pueblo lo está pidiendo, lo demanda.
La fórmula es conocida. Hacer preguntas de ensueño con respuestas inevitables de una sola casilla: sí. ¿Quiere que le bajemos el sueldo a los políticos?, ¿Quiere que la política cueste menos? ¿Quiere que la democracia sea más barata? Preguntas que no buscan abrir un debate, buscan lograr legitimidad inmediata, sin que la gente tenga que pensar mucho. Preguntas que ocultan la complejidad institucional, pero hacen imposible decir “no” sin parecer inmoral.
Todo parte de un principio clásico del populismo: solo el que gobierna entiende al pueblo, y el pueblo solo habla con el que gobierna. Bajo esta lógica, el resto del sistema político —oposición, aliados e instituciones— deja de ser interlocutor y empieza a verse como obstáculo y, si acaso cuestiona, corre el riesgo de ser acusado también de inmoral.
El problema es que la Presidenta presentó el Plan C y acabó siendo otra vez rechazado. Ahora hasta por sus interesados aliados, al considerar que el proyecto era antidemocrático y ventajista.
Así llegamos a esta semana en que la Presidenta presentará el Plan D —que ella llama Plan B porque es el segundo que lleva su firma—. Como el de López Obrador, este Plan solo busca modificar algunas leyes. En principio, abaratar la política y ampliar las consultas populares.
Si el Plan D pasa, el Gobierno habrá abaratado la política, pero aún más, habrá abaratado nuestra democracia, pues podrá hacer consultas populares de temas hoy protegidos por su complejidad, y hacer preguntas de ensueño para que no dudemos en decir que sí.
A ver ahora cómo le suena esto:
Abaratemos la democracia, total, para qué la necesitamos, si tenemos un país de ensueño.