Es casi un delirio. Un vuelco al corazón y otro a la memoria justo en el mismo instante. Un soplo. El soplo de un delirio. La sobrecogedora experiencia de que lo que estamos viviendo ya lo hemos vivido. Déjà vu. Más allá del recuerdo o la nostalgia, una profecía al revés. Una inquietante sensación de familiaridad. De copia, de calca, de que el presente es un plagio del pasado, tal vez una señal. Déjà vu. ¿No siente usted precisamente eso con la campaña de Claudia Sheinbaum?
Tatiana fue la señal más clara. En la elección de 2012, el Presidente ya había intentado dulcificar el tono que le costó la presidencia en el 2006 con aquellas agresivas y memorables frases: “cállate chachalaca” y “al diablo con sus instituciones”. Y es que a los mexicanos no nos gusta que nos hablen golpeado. Aguantamos casi todo, siempre y cuando nos hablen bonito, mansito, despacito. De ahí que en su segunda oportunidad el Presidente intentara un concepto radicalmente opuesto: la “República Amorosa”. Mansos, mansos, pero ni majes ni mensos. La coherencia interna de la campaña y del personaje no cuajaban. Es cierto, la publicidad echa mano de figuras retóricas, exageraciones, hipérboles, pero siempre dentro de una narrativa lógica, jamás se contradice. La gente no terminó de creer este cambio radical, esta transformación absoluta, este esfuerzo desmedido por ser aceptado y caer bien. El Presidente volvió a perder.
Más allá de que la tercera es la vencida, en este caso, la tercera era el examen de oposición: la demostración manifiesta de 12 años de experiencia. Las enseñanzas eran claras: si se había perdido con comunicación, así también se ganaría. Tatiana entró a la campaña como coordinadora general y vocera.
Tatiana lubricaba los mensajes. Inteligente, sensata, arquetipo de la clase media, aspiracionista y regia, antes que cualquier otra cosa: tranquilizaba. Hacía sentir que “el peligro para México” tal vez solo había sido un pequeño susto. El hartazgo y el terciopelo funcionaron. El Presidente ganó.
Por eso hoy, escuchar a Tatiana hablar de las cualidades de Claudia, resulta un Déjà vu. Como también lo hacen las fotografías del equipo que la acompaña. Tragarnos dos veces la misma receta. Entonces la sonrisa de Elenita ocupaba la primera fila de la foto, en la segunda estaba el empresario Alfonso Romo. Tafiles dispuestos entre los más intransitables e ideologizados que terminaban por relajar la foto. Igual hoy. Dos o tres calmantes que distienden y laxan al equipo. Un doctor, un panista, un académico: gotitas de Rivotril. ¿Terminarán disolviéndose como en su momento lo hicieron los calmantes del Presidente?
Y encima de todo ello, el “segundo piso de la transformación”. Originalmente, un concepto de la campaña de Marcelo, la idea del “segundo piso” funcionaba como una forma de tapar el hoyo de destrucción. Ese en el que no se ve nada y todos esperan que algún día un edificio se construya. Y, aunque funcionaba mejor con Marcelo, hoy con Claudia lo que insinúa es que no hay nada, pero algún día lo habrá. Y si no, seguiremos piso tras piso, hasta llegar al hegemónico piso 70.
Escuche usted la dulzura de la voz de Claudia en sus spots, la ventana llena de luz y flores y su mano en el corazón. Déjà. Esto ya lo vivimos. ¿Acabaremos haciendo lo mismo?