Hermoso, creo que desde hace muchos años que no veía un final tan hermoso como el de la telenovela ¿Qué la pasa a mi familia? que se transmitió la noche del domingo pasado por Las Estrellas.
¿Por qué? Por la complejidad temática y emocional de lo que sucedió ahí y que convocó a millones de mexicanas y de mexicanos en una noche mágica, divertidísima, conmovedora.
Para que entienda la magnitud de lo que pasó en esa emisión, le voy a hacer la siguiente pregunta: ¿en qué piensa usted cuando piensa en el final de una telenovela?
Bueno, eso fue exactamente lo que no vimos en el desenlace de este melodrama seriado.
¿Qué le pasa a mi familia? rompió con todos los lugares comunes de la televisión abierta privada nacional de los últimos años.
Hizo todo lo que los “expertos” dicen que no se debe hacer y a pesar de eso, funcionó, vendió, dejó “rating” y conquistó nuestros corazones.
Cómo se nota que su gran responsable, el señor Juan Osorio, está en un momento de muchísima madurez como productor y como ser humano porque sólo así se pueden entender todos los mensajes que nos mandó.
El final de ¿Qué le pasa a mi familia?, más que el cierre de una telenovela, fue una colección de momentos familiares, de situaciones que todos hemos vivido.
Desde la boda, el bautizo y la fiesta de cumpleaños hasta el hospital, el baile y la gran foto pasando por eventos mucho más alegres, mucho más dolorosos.
¿Qué fue lo que sucedió? Que durante el tiempo que duró esa transmisión dejamos de sentir que estábamos viendo la televisión para sentir que estábamos ahí, no con una familia de una telenovela, con nuestra propia familia.
Por eso gozamos tanto con todas esas escenas tan grupales, con todas esas fiestas, con todos esos bailes y por eso nos involucramos tanto.
¿Ahora entiende cuando le digo que esto fue mágico? El desenlace de ¿Qué le pasa a mi familia? fue un canto a la vida, a la maternidad, a nuestras familias y a todas las cosas que están cambiando.
Por eso se habló, con el mismo entusiasmo, de la importancia de vivir el momento y de temas que normalmente no se tocan en las telenovelas como la inseminación artificial.
Fue un gran cierre para una gran telenovela que se grabó en tiempos de covid-19, con todo lo que esto implicó, y cuyos personajes se nos metieron en el alma.
Todo lo que dijo Luz (Diana Bracho) en ese episodio final fue de antología y yo no sé qué amé más, si la escena en la que cantó, en la que le fue diciendo algo muy personal a cada uno de los miembros de su familia o la frase que apareció antes de la palabra fin.
De lo que sí estoy seguro es que la señora Bracho hizo aquí lo que casi ninguna actriz hace hoy en una telenovela y que su interpretación pasará a la historia con tanta fuerza, con tanto amor, como cuando hizo Cuna de lobos y Cadenas de amargura.
César Évora estuvo maravilloso. Julián Gil le dio un giro espectacular a su carrera. Gaby Platas se superó a si misma. La vida de Fernando Noriega jamás volverá a ser la misma. Eva Cedeño es ya una reina de las telenovelas y Mane de la Parra, por supuesto, un rey.
Emilio Osorio nos llevó a emociones a donde nunca nos había llevado. René Casados, con unos cuantos minutos, nos demostró lo grande que es. Wendy de los Cobos estuvo de ovación permanente. Julio Bracho, qué transformación.
Lisette Morelos se llevó el capítulo. Paulina Matos se convertirá en una luminaria. De mí se acuerda. Y yo podría estar aquí todo el día elogiando actor por actor, elementos por elemento.
Mejor lo invito a reflexionar sobre lo que sucedió aquí, sobre esos libretos tan bien escritos, sobre esas escenas tan bien dirigidas y sobre esas ideas tan necesarias con relación al amor, el perdón y la reconstrucción de nuestras relaciones, de nuestra vida.
Hermoso, creo que desde hace muchos años que no veía un final tan hermoso. ¡Gracias a todas y a cada una de las personas que hicieron posible esta telenovela!
¡Gracias a Juan Osorio por este merecidísimo homenaje a la gran familia mexicana, la piedra angular de Televisa! ¡Felicidades!
alvaro.cueva@milenio.com