Uno de los desafíos más relevantes que enfrenta la propuesta de política educativa y pedagógica de la nueva escuela mexicana es la reincorporación, desarrollo y consolidación de la filosofía en los planes y programas de estudio de la educación obligatoria, y con ello el desarrollo del pensamiento. En este sentido, es necesario re-pensar los elementos curriculares y pedagógicos para arribar a ese fin. El desarrollo del pensamiento implica por lo menos dos cuestiones: mejorar el pensamiento en el lenguaje y enseñar a razonar. Matthew Lipman nos dice que el razonamiento es aquel aspecto del pensamiento que puede ser formulado discursivamente, sujeto a una evaluación mediante criterios (puede haber entonces razonamientos validos e inválidos), y ser enseñado. Implica, por ejemplo, la creación de inferencias sólidas, el ofrecer razones convincentes, el descubrimiento de supuestos ocultos, el establecimiento de clasificaciones y definiciones defendibles y la articulación de explicaciones, descripciones y argumentos coherentes (Lipman, 2001). Como podemos advertir, lo anterior supone una sensibilidad hacia aspectos lógicos del discurso que no han sido considerados en nuestro sistema educativo.
La transición hacia una educación que rompa los esquemas de la mera transmisión del conocimiento requiere de tener presente ¿cómo se imparte el conocimiento en nuestras escuelas? ¿cómo mejorar el lenguaje? ¿cómo cultivar el razonamiento? ¿Cómo desarrollar el pensamiento en alumnos y profesores?, entre otras interrogantes. Además de reconocer que los modelos educativos recientes nos han llevado a tener una sociedad poco informada y acrítica. Si esto es así, debemos apostarle a dar un giro importante a nuestra educación, donde se promueva una enseñanza que cultive el pensamiento como lo más esencial del currículum, es decir, apostarle a una educación para el pensamiento crítico y complejo.
Lipman plantea la necesidad de reestructurar el proceso educativo y adscribirlo en un paradigma reflexivo de la práctica, cuyos supuestos principales son:
1. La educación es el objetivo de la participación de una comunidad de indagación guiada por el profesor, entre cuyas metas están la pretensión de comprensión y de buen juicio.
2. Se anima a los estudiantes a pensar sobre el mundo cuando el conocimiento sobre él se les revela ambiguo, equivoco y misterioso.
3. Las disciplinas en el interior de las cuales se generan procesos indagativos pueden yuxtaponerse entre ellas y además no son exhaustivas en relación con su respectiva área de conocimiento, que es problemática.
4. El profesor adopta una posición de falibilidad (aquel que admite estar equivocado) más que de autoritarismo.
5. Se espera que los estudiantes sean reflexivos y pensantes y que vayan incrementando su capacidad de razonabilidad y de juicio.
6. El foco del proceso educativo no es la adquisición de información, sino la indagación de las relaciones que existen en la materia bajo investigación. (Lipman, 2001)
Si tenemos claro que el mundo cambia constantemente, cambian las cosas, las formas de abordarlas y cambia el conocimiento. Lo anterior exige entonces en los que estamos involucrados en el ámbito educativo, flexibilidad de pensamiento y desarrollo intelectual. Renovarnos de manera permanente para enfrentar los cambios. Este posicionamiento ante el conocimiento, nos permitiría una mejor articulación entre lo aprendido y la vida real. Emerge entonces la necesidad de impulsar el pensamiento crítico.
El pensamiento crítico es y se configura, entonces, como un pensamiento de naturaleza filosófica, que se interesa por el cultivo y el mejoramiento de razonar de cada individuo, en un proceso donde se rescata la importancia y función del conocimiento en la vida académica y social de cada persona, relacionando íntimamente la forma en que se construye un pensamiento con la forma en que se emiten juicios razonables y se ejecutan acciones sensatas (Zapata Maya, 2010)
Finalmente, si deseamos transitar hacia una educación basada en el pensamiento crítico, es necesario perfeccionar nuestra capacidad de razonar y ello no será posible sin el concurso de la filosofía, la cual nos aporta lo que otras disciplinas no lo hacen: cuidado de nuestros procesos de razonamiento, juicio y procesos mentales. Una educación para el pensamiento crítico es, entonces, desde la perspectiva de Lipman, una educación filosófica.
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