A Francisco Garfias
A los dirigentes de los partidos políticos de Jalisco:
Este tema no se aborda desde la coyuntura electoral, sino desde la urgencia de la supervivencia.
En 1943, en el peor momento de la Segunda Guerra Mundial, un escritor francés veía con horror cómo sus connacionales se despedazaban en disputas internas mientras su patria era destruida. Antoine de Saint-Exupéry advirtió que, cuando la política pierde su brújula moral, los pueblos inician un viaje sin retorno que los condena a la autodestrucción.
Hoy, en Jalisco, estamos en el umbral de ese mismo viaje. La crisis del agua por la contaminación de nuestros acuíferos y cuencas no es un problema de sequía ni de falta de lluvia. Es un problema de agua sucia y contaminada, y también de responsabilidad, de falta de empatía, de madurez y de altura. Es inconcebible que ni el agua, ni los riesgos para la salud, ni el reclamo de las familias que ven salir lodo de sus tuberías los sensibilicen para darse la oportunidad de acordar en lugar de dividir.
Han convertido una catástrofe humanitaria y ambiental en un botín electoral, en un arma para culparse unos a otros.
¿Qué nivel de colapso necesitan para entender que el agua no tiene partido? Si la peor crisis ecológica de nuestra historia no los sienta a la misma mesa, ¿qué lo hará?
Échenle ojo a otro momento clave de la historia mundial. En 1977, una España rota y al borde del abismo social logró lo que parecía imposible, los Pactos de la Moncloa. Archienemigos de todos los signos, comunistas, franquistas, liberales y nacionalistas, dejaron de lado los intereses personales y de grupito y se sentaron a hablar del rescate de su patria. No lo hicieron porque se quisieran, sino porque comprendieron que, si la casa se incendiaba, todos morirían quemados. Acordaron para salvar el futuro de una nación, no para ganar la portada del día siguiente.
Jalisco no necesita más discursos de odio. Los jaliscienses exigen una refundación moral y una responsabilidad real con sus hijos y con los hijos de sus hijos.
Hago un respetuoso llamado a que se miren en el espejo, no como candidatos o presidentes de partido, sino como padres y madres. La división que ustedes alimentan en sus conferencias de prensa, en sus redes sociales y en sus discursos es el agua que les faltará a sus propias familias.
La historia de Jalisco no los juzgará por cuántas curules ganaron o cuántas alcaldías retuvieron. Los juzgará por la herencia que dejaron, un estado habitable o uno con agua envenenada.
Dense el chance histórico de acordar. Si no son capaces de unirse ante la amenaza de quedarnos con agua contaminada, estarán declarando la quiebra moral de sus partidos. Detengamos este viaje hacia la autodestrucción. Por el futuro de Jalisco, por la vida misma, es hora de pactar.
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Despedida a Francisco Garfias, columnista de Excélsior
No tengo palabras. Sólo un nudo en el corazón y una gratitud enorme.
A Francisco Garfias lo leí antes de conocerlo. En sus columnas reafirmé mi vocación. Con el tiempo, la vida me dio el chance de trabajar en el mismo periódico que el maestro, el grande, el que admiraba, y de volverme su compañero. Cuando lo conocí, gracias a Diego Osorno, vibré. Me dio espacio para compartir una copa y pensamientos. Poco a poco, la admiración se volvió confianza, y la confianza, convivencia. Coincidíamos mucho en el Senado o en la Cámara de Diputados. Comíamos dos o tres veces por semana y salíamos los fines de semana con amigas y amigos. De admirarlo pasé a quererlo con todo el corazón, y a admirarlo aún más.
Sus pláticas me afianzaron como periodista de libreta, de los que nunca dejan de reportear. Fue mi amigo, luego mi hermano por adopción, mi confidente. Presentó mi libro Las mieles del poder. En esa presentación le dije cosas bobas, de esas que uno dice cuando está nervioso y agradecido, y él las recibió con esa generosidad suya que todo lo hacía grande. Me vine a vivir a Guadalajara y no le avisé. Cuando se enteró, me llamó para “reclamarme”. Todo lo que me dijo me hizo feliz y me hizo sentir seguro.
Era el mismo hombre que reporteaba sus columnas con los personajes de la historia, y obtenía de ellos los momentos clave de los acontecimientos más delicados e importantes del país. Eso no significaba que no tomara postura. Las conversaciones con él siempre eran largas. Un día, alguien más, no él, me contó una historia suya con un destacado personaje del país. Siendo joven, Garfias se fue a vivir a París porque soñaba con ser corresponsal de un periódico importante. Mientras se acomodaba y encontraba algo con qué ganarse la vida, cantaba en el metro. Un funcionario entró a la estación y lo escuchó interpretar un clásico de la música mexicana. Se detuvo a escucharlo con atención, le preguntó si era mexicano, le pidió otra canción y se fue. Tiempo después, creo que unos años, ya como corresponsal, Garfias se lo encontró en un acto diplomático. Era Luis Echeverría. Se acercó a saludarlo y, sin dudar, le dijo: “Usted es aquel muchacho que un día encontré en el metro, ¿verdad?”.
Así era Pancho, el que podía estar reporteando los momentos más delicados del país y, al mismo tiempo, guardar en la memoria la escena de un funcionario que lo escuchaba cantar en el metro de París. Su periodismo no era sólo de datos y posturas, sino de historias, de personas, de coincidencias que revelan quiénes somos.
Hoy me duele el corazón. Se va un excelente periodista, padre, hermano, amigo. ¿Y por qué no? Ahora también un excelente ángel.
Descansa en paz, querido Garfias. Te quiero. Siempre.