Antier por la noche me pasó algo sencillo e ilustrativo. Estaba usando una aspiradora industrial con un cable largo y pesado. Un par de veces se apagó, pero vi que solo era el interruptor que se había desactivado por el peso del cable. De repente, dejó de funcionar por completo. Como estaba afuera, pensé que se había ido la luz en todo el vecindario, pero miré alrededor y vi que las casas vecinas seguían iluminadas. Fui hasta el enchufe y descubrí que el cable se había desconectado. Solo lo volví a conectar… ¡y la aspiradora arrancó de inmediato!
Así somos nosotros cuando vivimos desconectados de Dios. No funcionamos como fuimos diseñados. Hay más de 8.200 millones de personas en el mundo, y cada una es única, pero todos compartimos algo esencial: fuimos creados a imagen y semejanza de Dios (Génesis 1:26). Pero el pecado nos ha desconectado de nuestro Creador, quien nos formó con tanto cuidado en el vientre de nuestra madre (Salmos 139:13).
Nadie está aquí por accidente. Dios no comete errores. Pero nosotros sí. Y hay una verdad importante que a veces se malentiende: No nos volvemos pecadores porque pecamos… pecamos porque ya nacemos con naturaleza pecadora. No hace falta ver las noticias, basta mirarnos al espejo para reconocerlo en nosotros mismos.
Dios desea que nos reconectemos con Él, porque es la única fuente de vida, paz, propósito e identidad. Todo lo que nuestra alma anhela está en Él. Al igual que ese cable no podía reconectarse solo, nosotros tampoco podemos volver a Dios por nuestros propios esfuerzos. Por eso Él tomó la iniciativa: envió a su Hijo único, Jesús.
Jesús vivió la vida perfecta que nosotros nunca podríamos vivir. Fue a la cruz en nuestro lugar, cargó nuestros pecados y recibió el castigo que merecíamos, para reconciliarnos con Dios. Jesús hoy te invita: “Vengan a mí todos los que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso” (Mateo 11:28). No tienes que seguir viviendo “sin esperanza y sin Dios en el mundo” (Efesios 2:12). Hoy puedes acercarte a Jesucristo. Lo único que necesitas es creer y venir a Él tal como estás. Jesús te conoce por tu nombre. Está listo para perdonarte, salvarte, hacerte una nueva creación y estar contigo para siempre.
Vuélvete a Él ahora. Pídele que entre en tu corazón y te sorprenderá lo que hará.