El lunes pasado escuché a Trump pronunciar frases como: "Morirá toda una civilización", "Se desatará el infierno" o "Reduciré Irán a cenizas".
Frases así no las habíamos escuchado desde los tiempos de Hitler y la Segunda Guerra Mundial.
Aunque, hay que decirlo, todavía hay quien aplaude este tipo de retórica como señal de fortaleza.
Del lado iraní, las respuestas han sido firmes pero mesuradas: no se dejarán amedrentar. Su reacción defensiva, ante un país bajo ataque, me parece natural y comprensible.
Y aquí viene lo que quizá no habíamos pensado: este conflicto nos va a pegar directo al bolsillo.
Todos los derivados del petróleo —plásticos para tubería, llantas, resinas, gas— ya comenzaron a subir. Y si esto no para pronto, la gasolina que usted y yo ponemos a nuestros coches va en el mismo camino.
Todo porque Irán bloqueó el estrecho de Ormuz, cortando el paso a los buques petroleros. Ese estrecho mueve alrededor del 25% de la producción petrolera mundial.
Una guerra que se pensó duraría dos semanas puede volverse dos años. Irán resultó respondón y, sobre todo, bien armado.
Y si hablamos de liderazgos, vale la pena voltear a ver los números. Netanyahu y Trump han resultado bastante más belicosos que Putin o Xi Jinping, de quienes tanto hemos escuchado lo peligrosos que son. Trump ya habló por sí solo.
Netanyahu ha atacado múltiples naciones en los últimos años —Líbano y Gaza, para empezar— y tiene encima una orden de aprehensión de la Corte Penal Internacional.
Querido Lector: No nos vayamos con la finta y analicemos. Buen día.
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