Hay algo de la maternidad que casi nunca se dice: una madre no solo ve crecer a sus hijos, también se va despidiendo de ellos. Del bebé que cabía en sus brazos, del niño que pedía ayuda para todo, del adolescente que empieza a necesitar distancia y del adulto que toma decisiones propias.
Tal vez una de las partes más difíciles es aceptar que la versión de tu hijo no se queda para siempre. Cada etapa trae una forma de cuidado y una despedida silenciosa. La madre aprende a relacionarse con ese hijo que cambia: primero lo sostiene, después lo guía y muchas veces termina observándolo de lejos.
En el libro Neuromaternal, la doctora Susana Carmona explica que la maternidad no solo transforma la vida cotidiana de una mujer; también transforma su cerebro. Durante el embarazo, el posparto y la crianza ocurren cambios relacionados con la neuroplasticidad: la capacidad del sistema nervioso para reorganizarse y adaptarse a nuevas demandas. No se trata de decir que una madre debe poder con todo; se trata de entender que maternar implica una adaptación biológica, emocional y social profunda.
A este proceso se le conoce como matrescencia. Así como la adolescencia describe una transición de identidad, cuerpo y cerebro, la matrescencia describe la transición hacia la maternidad. Nombrarla importa porque muchas mujeres viven esta etapa creyendo que deberían volver rápido a la versión que eran antes. Pero convertirse en madre no es un paréntesis: es una reorganización completa.
El cerebro materno se ajusta para responder a señales, anticipar necesidades, reconocer riesgos y fortalecer el vínculo. Esa adaptación cambia con cada etapa: un bebé necesita presencia; un niño, estructura; un adolescente, límites y confianza; un adulto, consejo sin invasión. La maternidad obliga a recalibrar la forma de cuidar.
Por eso, en el Día de las Madres, valdría la pena ampliar la mirada. Celebrar a la madre que acaba de parir. A la que trabaja fuera de casa y carga con culpa. A la que se queda en casa y siente que su trabajo no se ve. A la que cría sola. A la que acompaña adolescentes o cuida hijos adultos. A la que cuida hijos con diagnósticos, en casa o desde el hospital. A la que extraña a un hijo. A la que desea ser madre y espera.
Cada una vive una forma distinta de maternidad, pero todas necesitan algo más que felicitaciones: necesitan salud. Un cerebro y un cuerpo que cuidan también deben ser cuidados. Una madre necesita dormir, alimentarse bien, moverse, revisiones médicas, hablar de lo que siente y espacios donde pueda existir sin resolver algo para alguien más.
Cuidar la salud de una madre es una forma de sostener a quien sostiene. Cuando una madre atiende su salud física y mental, y tiene una red de apoyo, mejora la forma en que acompaña a quienes ama.
La maternidad no debería exigir desaparecer para cuidar. Adaptarse no significa dejar de existir. Una madre puede transformarse con sus hijos y seguir teniendo necesidades, cansancio y derecho a ser cuidada.
Por eso, este Día de las Madres, el mejor regalo quizá sea mirarlas con más profundidad. Entender que detrás de cada hijo que crece hay una mujer que también ha cambiado, se ha adaptado y ha aprendido a cuidar de formas distintas. La ciencia lo explica desde el cerebro; la vida lo confirma en lo cotidiano. Una madre cambia porque sus hijos cambian. Y tal vez hoy, además de celebrarla, valga la pena agradecerle que, gracias a su cuidado, muchos de nosotros hemos podido vivir más y mejor.