Hablemos de lo que casi nadie dice cuando decides cuidar tu salud. A todos nos pasa: creemos que el cambio de hábitos es una lista de tareas —come mejor, muévete más, duerme temprano— y, sin embargo, lo que más pesa no siempre es lo físico… es lo emocional.
Porque cambiar hábitos no es solo modificar lo que comes o el tipo de ejercicio que haces. Es despedirte de una versión de ti que sobrevivía “como podía”. Es aceptar que durante años te acompañaron rutinas que quizá no te ayudaban, pero te daban estructura: el café para empujar el día, alcohol por la noche para apagar la mente, el celular como anestesia antes de dormir.
Por eso, aunque suene extraño, es normal sentir duelo. Sí, duelo por hábitos viejos.
También es normal sentirte abrumado por cambios que, en teoría, son sencillos. “Solo cocina más en casa”, “solo camina 30 minutos”, “solo baja el azúcar”. Pero cuando estás cargando trabajo, familia, estrés y pendientes, lo simple se vuelve enorme. No estás exagerando: estás reentrenando tu cerebro, tu metabolismo y tu sistema nervioso.
Luego aparece otra emoción silenciosa: la frustración. Haces “todo bien” y aun así no ves resultados inmediatos. Sigues con poca energía, te inflamas, duermes ligero, tienes antojos, te cuesta recuperarte. Aquí vale recordar algo que cambia la conversación: la longevidad no es un evento, es un proceso biológico. Y los procesos toman tiempo. El cuerpo no borra de un día para otro años de desvelo, prisa, ultraprocesados y sedentarismo.
Y, por último, llega la duda: “¿lo estaré haciendo bien?” Con tanta información allá afuera, cualquiera se confunde. Dietas opuestas, rutinas milagro, suplementos de moda. La duda no significa que estés fallando, significa que te importa. La clave es transformar esa duda en claridad.
¿Cómo se logra eso sin caer en extremos? Con compasión y con método.
Primero: elige un hábito tan pequeño que puedas repetirlo incluso en semanas difíciles. Segundo: mide algo que sí puedas observar (tu energía al despertar, la calidad del sueño, tu digestión, tu hambre real). Tercero: trabaja por pilares. En medicina de estilo de vida hablamos de: nutrición, movimiento, sueño, manejo del estrés, relaciones significativas y sustancias (alcohol, tabaco, exceso de cafeína). Escoge uno y poco a poco todo se ordena.
Y si quieres dejar de vivir a prueba y error, personaliza. No todos respondemos igual a los mismos alimentos, horarios o entrenamientos. En mi consulta, la nutrigenética funciona como un mapa: te muestra tendencias (cómo metabolizas cafeína, tu respuesta a carbohidratos y grasas, tu inflamación, tu sensibilidad al estrés, tu relación con el sueño) para construir un plan realista y accionable. No se trata de “ser perfecto”, sino de tener rumbo.
Te dejo un ejercicio breve: escribe en una nota del celular 1) qué emoción te está visitando hoy (sentirse abrumado, con duelo, frustración o duda), 2) qué hábito haría que mañana sea 1 por ciento mejor y 3) qué vas a proteger esta semana: tu hora de dormir, tu caminata, tu comida real o tu momento de pausa. Eso es estrategia.
Las emociones que te mencioné no son focos rojos. Son señales de que estás cambiando patrones profundos. Y eso, aunque no se vea en una foto, es exactamente lo que te lleva a vivir más y mejor.
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