La ansiedad y la depresión entre adolescentes han aumentado en México y en el mundo. Para los padres, esta realidad no debe ser motivo de alarma permanente, sino una invitación a observar mejor.
En los adolescentes, estos trastornos no siempre se ven como imaginamos. La depresión puede expresarse como irritabilidad, aislamiento, pérdida de interés, cambios en el sueño o apetito, menor rendimiento escolar y abandono de actividades. La ansiedad puede aparecer como preocupación difícil de controlar, miedo, tensión, falta de concentración, insomnio, dolor de cabeza, molestias gastrointestinales o rechazo a ir a la escuela.
Un mal día no constituye un diagnóstico. Debe alertarnos un cambio que persiste o afecta su funcionamiento: deja de convivir, ya no disfruta, falta a clases, descuida su higiene o cambia notablemente su sueño. Si habla de muerte, se siente una carga, se despide, regala sus pertenencias o presenta autolesiones, es necesario buscar atención profesional inmediata. Preguntar si ha pensado en lastimarse no introduce la idea; abre un espacio para escuchar y actuar a tiempo.
El tratamiento puede requerir psicoterapia y, en ocasiones, atención psiquiátrica y medicamentos. La medicina del estilo de vida no sustituye estas intervenciones, pero puede acompañarlas. Y es ahí donde aparece lo que los padres sí podemos hacer: cuidar factores cotidianos que influyen en la regulación emocional.
Podemos comenzar por el sueño. Entre los 10 y 12 años se recomiendan de nueve a 12 horas por noche; entre los 13 y 18, de ocho a 10. También importa mantener horarios constantes, despertar descansados y dejar el teléfono fuera de la habitación. El sueño alterado no sólo puede ser un síntoma; también se relaciona con mayor probabilidad de presentar depresión posteriormente.
Los adolescentes necesitan alrededor de 60 minutos diarios de movimiento. Caminar, bailar, jugar o practicar un deporte cuentan. En alimentación no buscamos perfección, sino comidas regulares y nutritivas, limitando ultraprocesados, exceso de azúcar, cafeína y bebidas energéticas. Estos hábitos favorecen su energía, concentración y regulación emocional.
El tiempo digital también necesita límites. Más que fijar una cifra igual para todos, observemos si desplaza sueño, movimiento, estudio, convivencia o actividades que disfrutaban. Importa conocer qué consumen, cómo se sienten después y si pueden desconectarse sin angustia. También necesitan conversación sin interrogatorios y contacto con amigos seguros. La conexión con su familia y escuela es un factor protector.
Ser firmes en los límites de su salud no significa dejar de escuchar. Podemos negociar gustos y algunos horarios, pero los padres seguimos siendo responsables de establecer mínimos y máximos de salud: un mínimo de sueño, movimiento, alimentos nutritivos, convivencia y acompañamiento; y un máximo de desvelo, pantallas, sedentarismo y exposición a sustancias adictivas.
No podemos evitar que nuestros hijos enfrenten dificultades ni controlar por completo su salud mental. Sí podemos observar cambios, revisar sus hábitos, preguntar cómo se sienten, poner límites y pedir ayuda a tiempo. Evaluar su estilo de vida no es buscar culpables ni reducir un diagnóstico a falta de disciplina. Es reconocer que, junto con la atención psicológica o psiquiátrica, lo que sucede todos los días en casa también puede proteger su salud y ayudarlos a vivir más y mejor.