En Puebla, como en casi todo México, la seguridad es una especie de moneda que compra tranquilidad, votos, legitimidad y hasta futuro político.
Por eso no sorprende que este inicio de 2026 se note un reforzamiento en la estrategia, así como en la evidencia de que los delitos van a la baja. Todo con idea, coordinación, helicópteros, operativos y sobre todo, con la narrativa de que el gobierno tiene el control.
Sin embargo, también es una realidad que la percepción pesa, ya que las estadísticas no espantan delincuentes.
El ciudadano carga con argumentos como el de “a mi primo lo asaltaron”, “en mi colonia pasan cosas” o “en la noche mejor no salgas”.
Por eso, los gobiernos de todos los niveles están comenzando a entender que no basta con disminuir los delitos, sino que hay que bajar el miedo.
En ocasiones los asesores se enojan de que se hable de percepción y les parece injusto porque se piensa que la población no reconoce los avances.
Es una reacción natural, aunque profundamente equivocada.
Y es que la percepción es experiencia acumulada y a veces no de hace un año sino de hace un sexenio. La gente recuerda lo que cuentan y no necesariamente lo que vive.
Lo peor es que el sentimiento de inseguridad se agudizó en sexenio López Obrador, el líder político de un gran número de actuales gobernantes.
Para nadie debe ser un secreto de que el gobierno no está poniendo el tema sobre la mesa por simple responsabilidad institucional, sino también por cálculo político.
Hoy la seguridad es el primer lugar en la agenda porque es el gran examen del poder.
La seguridad es el “sí o sí” de los nuevos tiempos.
Si al cierre de 2026 en la calle se siente que hay orden, el gobernador habrá construido el piso de su sexenio.
Pero si en la calle siente que hay retroceso, el discurso completo se cae.
Así de sencillo y así de brutal.
Por eso se están reforzando operativos, se anuncian estrategias coordinadas, se presume la presencia institucional, porque el gobierno quiere que la seguridad sea su firma, pero para que eso ocurra, tiene que ser realidad.
La ciudadanía no piensa en delitos por cada 100 mil habitantes, sino imagina lo que le puede pasar.