Hoy inicio mi colaboración sabatina en Grupo MILENIO gracias a la hospitalidad de Francisco D. González, presidente ejecutivo, y de Carlos Marín, director general editorial.
Periodista y diplomático, he ejercido los dos oficios más bellos y apasionantes del mundo, siempre de forma alterna, nunca al mismo tiempo. Pues no es compatible la tarea de informar del periodista con el deber del sigilo del diplomático.
Como diplomático profesional uno está obligado a guardar discreción y a defender las posiciones del gobierno, incluso aunque uno no esté de acuerdo, mientras que el articulista independiente expresa opiniones libremente bajo su responsabilidad.
Octavio Paz, diplomático y periodista él mismo, tenía un claro entendimiento sobre la diferencia y la similitud de ambas profesiones.
En la embajada de México en Madrid, en julio de 1990, el poeta fundador de Plural, revista de Excélsior, escribió en un ejemplar de El peregrino en su patria la siguiente frase dedicada al suscrito: “Que sabe que la diplomacia es también periodismo —en cámara lenta”.
En unas cuantas palabras, el Nobel resumió así la función común de ambas profesiones de escribir informes, pero observó la diferencia sobre la velocidad del tiempo que las separa.
Cuando era estudiante de comunicación en la Universidad Iberoamericana, inicié mi actividad laboral como hueso (ayudante) en la redacción del legendario Excélsior, en la época de Julio Scherer.
Al terminar la universidad, Scherer me envió a la corresponsalía de Excélsior en Washington, donde comencé por primera vez a reportear, especialmente asuntos sobre las relaciones bilaterales entre México y Estados Unidos. Esta primera experiencia internacional fue la semilla que después me permitió transitar del periodismo a la diplomacia.
El 8 de julio de 1976 ocurrió el golpe de Echeverría contra el diario más crítico del país, apoyado por traidores dentro del periódico, y salimos en solidaridad con don Julio para seguir luchando por la libertad de expresión.
Aparezco, muy joven, en la portada del libro de Vicente Leñero Los periodistas. Es una fotografía de Juan Miranda que capta la salida de Scherer caminando por Paseo de la Reforma, acompañado de Abel Quezada, Gastón García Cantú y de muchos colaboradores.
Después de una breve participación en Proceso, Manuel Becerra Acosta me invitó a la fundación de Unomásuno, y cubrí la fuente diplomática hasta que renuncié para irme al Instituto Matías Romero de Estudios Diplomáticos.
En la Secretaría de Relaciones Exteriores comencé como jefe de departamento, luego subdirector y después director general de Comunicación Social. En este cargo tuve el privilegio de colaborar con dos distinguidos secretarios de Relaciones Exteriores: primero con Jorge Castañeda y luego con Bernardo Sepúlveda, en una época de prestigio de la política exterior.
Casi toda la carrera diplomática la hice en Europa por un total de 22 años. Fui consejero para asuntos políticos en Italia, ministro en España, cónsul general en Hong Kong, embajador en Irlanda, en Finlandia y finalmente en Rumanía, mi último puesto, del que forzosamente me separé hace unos meses por razones de jubilación al cumplir 65 años.
Hice mi carrera diplomática a base de trabajo, capacidad y méritos. No provengo de castas diplomáticas, no soy miembro de grupos mafiosos de la SRE y no pertenezco a ningún partido político.
Al concluir mi carrera diplomática, envié un mensaje de despedida a mis compañeros de la SRE y del Servicio Exterior Mexicano:
“Ahora recobro mayor tiempo libre, y próximamente mi libertad de expresión pública”.
En efecto, hoy recobro mi libertad de expresión pública en MILENIO, sin ataduras.
Postdata
En primer lugar, opino que defender la dignidad de los mexicanos en Estados Unidos no significa intervenir en los asuntos internos de Estados Unidos. No hay que confundirse. No se trata de decirles a los ciudadanos estadunidenses de origen mexicano por quién votar. El gobierno mexicano se quedó callado más de un año en la obligación de defender el honor de México. Parte de la responsabilidad la tienen el entonces secretario de Relaciones Exteriores, José Antonio Meade, y el subsecretario para América del Norte, Carlos Pérez Verdía, hoy coordinador de asesores de Peña Nieto, a quien le aconsejaron abstenerse bajo ese cobarde argumento. No hay que confundir prudencia con pusilanimidad. Si el presidente Enrique Peña Nieto hubiera pulsado la opinión pública y escuchado el consejo de diplomáticos profesionales y de la secretaria Claudia Ruiz Massieu, seguramente no habría cometido el error de recibir en México al candidato republicano, enemigo de los mexicanos y de la candidata demócrata, favorita en las encuestas. Este error diplomático provocó consecuencias negativas que lastran el presente y el futuro de las relaciones diplomáticas con Washington, ahora con Obama y después, gane quien gane la Casa Blanca. También afectó a los mexicanos migrantes que se sienten abandonados. En lo interno este error lo está pagando solo el Presidente y no el secretario de Hacienda, Luis Videgaray, ni sus asesores que le recomendaron la invitación a Trump. Pero finalmente la responsabilidad es del Presidente por hacerles caso y premiarlos con nuevos puestos.
@AGutierrezCanet
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