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Urna

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Esta es una historia real que le ocurrió a la familia de un amigo cercano. Murió el abuelo. Pidió que lo sepultaran y fue contundente al ordenar que no lo fueran a cremar: —A los muertos se les entierra, —decía con firmeza— eso de andarlos quemando es del diablo y de gente que no cree en Dios. Pero las cosas no ocurrieron de otra manera.

La abuela, muy relajada ella, dio la orden para que del velorio el cuerpo de su marido se fuera derechito al horno, y la razón por la cual no respetó los deseos del abuelo fue que, primero, salía más barato quemarlo y también porque no tenía ganas de ir al funeral y pasar por todo ese argüende y mitote; —He ido a más funerales que fiestas de cumpleaños, —dijo. Y así, el abuelo terminó hecho cenizas y ahí quedó el asunto. Pero no del todo, porque esta es una familia embebida en la superstición, la magia y lo irracional y, a excepción de la abuela que no le prestaba atención a nada de eso, el resto se quedó con la idea de que, como se había profanado el cuerpo del abuelo, algún tipo de castigo se les iba a venir encima. Y es que no sólo habían traicionado los últimos deseos de un hombre respetuoso y creyente, —pilar de la familia— sino que, como él mismo había dicho, el cuerpo era el templo de Dios, “pues estamos hechos a su imagen y semejanza” y la única manera de respetar ese trato era con el entierro. La naturaleza se encargará del cadáver: nosotros no debemos forzar esos procesos. Y por eso algo malo va a suceder.

La cosa es que uno de los nietos —mi amigo— se hartó de estar escuchando excusas y largas de por qué nadie de la familia se atrevía a recoger la urna. En la funeraria les advirtieron que sólo les darían unos días más, de otra manera no se responsabilizaban de los restos. El nieto recogió el recipiente y mientras manejaba hacia su casa una pregunta acuciante lo asaltó: “¿Dónde carajo voy a dejar la urna?”. Detuvo el auto y comenzó a hacer llamadas. Nadie, absolutamente nadie se iba a responsabilizar de ella. ¿Tener un cuerpo profanado en casa? De ninguna manera. Luego de un rato hizo una última llamada; —Abuela, tengo las cenizas del abuelo, no sé dónde dejarlas, se me ocurre que podría pasar a tu casa a dejarlas. La abuela guardó unos segundos de solemne y respetuoso silencio en memoria de su difunto esposo y dijo, en tono firme: —Ese no es mi marido, es sólo una vasija con cenizas, —te la regalo, dijo— y colgó.

Entonces decidió llevarla a casa de sus papás, donde aún vivía, y la escondió en el tapanco. Y así pasaron unos años y nadie preguntó por ella. Al tiempo murió la abuela y sus indicaciones fueron clarísimas: —Me van a quemar y le van a decir a los de la funeraria que tiren las cenizas donde mejor les parezca, si algo van a guardar de mí, que sean las fotos que andan por ahí regadas. Ah, las joyas, los cubiertos de plata y la vajilla, vendan todo y repártanse el dinero.

Un día, los papás de mi amigo dieron la orden de limpiar de manera completa y total el tapanco, pues había mucho polvo y querían deshacerse de cosas inservibles. Mi amigo, que para ese entonces ya estaba en la universidad, llegó de la escuela y, para su horror, la urna estaba en la cochera, junto con un montón de triques y cachivaches. Los empleados que hicieron la limpieza no identificaron el objeto. Sus papás no tardaban en llegar. Nervioso y agitado, cogió el recipiente y corrió a su recámara, le arrancó la plaquita de metal con el nombre del abuelo, tiró las cenizas al retrete, salió al jardín, la llenó con tierra, arrancó unas flores y las sembró en la urna. Después la colocó al centro de la mesita de la antesala, a unos pasos de la foto del abuelo que colgaba de la pared, y esperó a que llegaran sus papás. Nadie sospechó nada. —¿Y ese florero? —preguntó la mamá. —Me lo regalaron en la universidad, —dijo él. — ¡Ay! Pues se ve muy bonito ahí, —Exclamó su mamá. Y así, aquella urna ha permanecido en esa mesita desde entonces. El abuelo siguió su camino hacia el drenaje y la urna trajo vida a la casa.


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Adrián Herrera
  • Adrián Herrera
Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO, S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.
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